En la guerra pierden todos (II)

Otro de los episodios crueles que produjo la Guerra Civil está relacionado con una familia del bando perdedor, la familia Martínez Palacios. Circunstancias de la vida hicieron que mis padres tuvieran que cambiar de domicilio y del barrio de San Pedro Cardeña  nos fuéramos a vivir al barrio de Los Vadillos. En esos tiempos los chicos hacíamos la vida prácticamente en la calle, apenas existían coches y disponíamos de espacio suficiente para jugar. La causalidad o el destino me llevó a trabar una buena amistad con Julito, un año mayor que yo, pero en esos tiempos apenas existía diferencia en cuanto a estatura, corpulencia; éramos muy parecidos.

En esta relación de chavales me llamó la atención que Julito sí subía a mi casa, pero yo nunca entraba en la suya. Cuando iba a buscarle, salía su madre, una mujer que me parecía mayor, con el pelo blanco, vestida de negro, calzando zapatillas del mismo color y que apenas me dirigía la palabra. Nunca me invitaba a pasar, esperaba pacientemente en la puerta a que saliera Julito. A esta mujer en las tiendas, en las conversaciones del barrio, siempre le llamaban doña Mercedes. Me extrañaba tal tratamiento porque a mi madre, por cierto del mismo nombre, nunca le otorgaban este tratamiento.

También me llamaba la atención que Julito nunca nombrara a su padre. Pregunté a mis padres si sabían algo de la familia de mi amigo, solo obtuve silencio y evasivas a mis preguntas infantiles. Nos hicimos mayores, yo salí a estudiar y Julito se puso a trabajar de dependiente en una droguería de la Plaza Mayor en Burgos. En su casa necesitaban el dinero. Nos distanciamos, pero seguimos manteniendo una buena amistad. Cuando venía de vacaciones me pasaba a charlar un rato con él. Uno de esos días me invitó a su casa, me extrañé, nunca hasta ese momento lo había hecho. Me pasó a un cuarto, con escasa luz, con las persianas entornadas, observe en un lado de la habitación un piano reluciente, una mesa de escritorio donde se podía ver una pluma estilográfica y una pipa de marfil, un armario con las puertas de cristal. Julito abrió el armario y sacó una de carpeta de cartón, desató cuidadosamente los lazos que la cerraban y me dijo. “Este era el despacho de mi tío Antonio José, un músico de fama mundial, director del Orfeón Burgalés; un artista y compositor muy querido y apreciado por todo el mundo. En esas carpetas se encuentra su obra musical”.

Aún recuerdo su olor a papel antiguo y las notas musicales sobre el papel y que no entendía. Aquel cuarto me impactó, algo sublime flotaba en el ambiente, todo estaba limpio, inmaculado, parecía que nadie había entrado en este aposento en años. Entonces le pregunté sobre dónde se encontraba tu tío, e, instintivamente, le pregunté también por su padre. Julito me miró incrédulo, “¿de verdad que no lo sabes? Están muertos, fueron fusilados en el año 1936”, me respondió.

Ahora entendía los silencios y las evasivas de mis padres, nadie en esa época se atrevía hablar de lo sucedido a un buen número de personas, en un principio fueron encarceladas y, posteriormente, sin ningún juicio, las asesinaron vilmente.

No me resigne con las palabras de Julito y decidí investigar por mi cuenta lo que les había sucedido a su padre y a su tío. Antonio José fue detenido en su propio domicilio por falangistas el 6 de agosto, por orden del gobernador civil, el general Dávila. Estuvo detenido durante 40 días en el penal. Durante este tiempo escribió varias cartas a su amiga Consuelo Mediavilla; en las mismas se quejaba de que nadie le diese una respuesta de porque lo habían detenido. Unos días antes de ser fusilado recibió una carta anónima firmada bajo el seudónimo Un Legionario de España. Entre líneas se podía leer una velada amenaza “porque la verdad, después de haber perdido España, a Benavente, los Quintero, Muñoz Seca, Ricardo Zamora y Gómez Ulla, hombres de fama mundial en sus especialidades respectivas, un musiquillo más o menos no importa mucho a un nuevo país que está forjando, sobre todo cuanto Ud. es de las tenebrosas y canallescas filas judío –marxista” .

Era más que una amenaza, era el preámbulo de una muerte anunciada. Ante esta misiva, varias personas amigas de Antonio José, de reconocida vinculación con la derecha conservadora, intercedieron ante el jefe local de Falange y alcalde de Burgos, Martínez Mata; y ante el general Dávila, que había cesado del cargo de gobernador y ostentaba el mando del ejército del norte y miembro de la Junta de Defensa Nacional. Sin embargo, no quisieron interceder en su favor. El  6 de octubre, junto con otros burgaleses, fue fusilado y enterrado en una fosa común en el monte de Estepar (Burgos).

Julio Martínez Palacios, padre de Julito, era maestro nacional destinado en el pueblo burgalés de Pradoluengo. Es detenido un día después, el 7 de agosto. Un grupo de falangistas se personaron en el Diario de Burgos, donde Julio se encontraba, ya que colaboraba, en los periodos veraniegos, escribiendo artículos. Lo trasladaron al penal por orden del gobernador civil. El 12 de octubre, junto con otros 24 reclusos, acabaron con sus vidas, fusilados en algún paraje desconocido y enterrados en una fosa común.

En las famosas y tristes sacas perecieron miles de personas. Así se cumplían las instrucciones del general Mola a un grupo de alcaldes con los que se había reunido en Pamplona el 19 de julio. “Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación. Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”.

Foto: LasMerindadesEnLaMemoria

Anuncios

En la guerra pierden todos (I)

El tiempo tardará en olvidar la transcendencia que existió entre los contendientes de la Guerra Civil. Algunos estudiosos fechan en 100 años el tiempo que transcurrirá para olvidar lo que sucedió. Han desaparecido los protagonistas, pero siempre existirá un nieto, un hijo, un familiar, un estudioso que recordará algún suceso de los muchos que  tuvieron lugar durante los tres años que duró la contienda y los más de 20 de represión dura y contumaz propiciada por el régimen franquista. En esta clase de guerras la violencia fuera de los frentes, en muchas ocasiones se debió a venganzas, envidias y rencores. Los episodios que relato serán despiadados. Recordar para no repetir, en eso consiste lo que hemos llamado memoria histórica.

Los relatos de este comentario se refieren a familias que sufrieron en sus carnes lo despiadado de una contienda civil, no solamente lo sufrieron en el bando perdedor, también en el ganador, y, en ocasiones, familias que nada tuvieron que ver en la contienda.

El día que cumplí 12 años se presentó en casa el señor Heliodoro, lo normal era que nosotros fuéramos a la suya. Era todo un personaje, propietario de la fábrica de galletas conocida como Galletas Arconada. Me sorprendió que me regalara un cinturón de cuero con una enorme hebilla con el yugo y las flechas grabadas. Me lo entrego y me dijo, este es el cinturón que mi hijo llevaba el día que lo mataron y quisiera que tú, como su ahijado lo guardes. Entonces ni siquiera conocía que el señor Heliodoro tuviera un hijo y además fuera mi padrino de bautismo, nunca nadie me lo había dicho. Pregunté a mis padres y me contaron la historia. Don Heliodoro tenía un único hijo en quien tenía depositadas sus esperanzas para que continuara con el negocio; quería que estudiara comercio. Sorprendentemente el 19 de julio de 1936 le dijo a su padre que se había enrolado en una sección de Falange y se marchaba al día siguiente a combatir al enemigo de la religión y de los principios seculares al frente de Somosierra. Aquella decisión fue un mazazo para la familia que no entendía como un muchacho de 17 años podía dejar a su familia, rechazar su vida e irse a combatir. Nunca tuvieron noticias de que estuviera adoctrinado hasta ese punto.

Todo sucedió muy rápido, a los tres días de su partida, una persona fue a la fábrica y le comunicó que su hijo había muerto como un héroe. Don Heliodoro nunca entendió que perteneciera a Falange, fuese adoctrinado de tal manera y participase en una guerra que no comprendía. Nunca se recuperó de la pérdida de su único hijo.

FOTO: lagraneepoca.com

Cuando matan a tu padre y te cambia la vida

La semana pasada tuve una visita inesperada, me vino a ver una mujer, cuando llegó, la miré tras los cristales del lugar donde habíamos quedado y comprobé que no la conocía de nada, pero ella insistió en hablar conmigo y se presentó como “Chelo”, una mujer mirandesa, curtida en años pero con un aspecto verdaderamente saludable y juvenil.

Al llegar a la sala donde la recibí, nada más verme me saludó con un emotivo abrazo y vi que sus ojos se empañaban al decir mi nombre; acudía a la charla con un ejemplar del libro ” Yo Fui Presa de Franco” y me contó su historia, la cual me dejó impactado y no he podido reprimir el impulso de escribir, contando, claro está, con su permiso, este artículo para el blog.

Consuelo Gobantes Plágaro, “Chelo”,  tiene en la actualidad 93 años y es la mayor de los cinco hijos que tuvo el matrimonio Benito Gobantes Gómez y Andresa Plágaro Escalona.

Benito se encontraba detenido en la cárcel de Miranda por un delito común el 18 de julio de 1936, fue sacado de la prisión ese mismo día y acudió a su casa para reencontrarse con su familia; al día siguiente su mujer le dijo que las Fuerzas del Orden estaban deteniendo a los Concejales, sindicalistas y personas afines a la República por lo que debería tener cuidado ya que había estado en la cárcel; él sin embargo la respondió que nada tenía que temer ya que no estaba metido en política y por lo tanto estaba a salvo de estas detenciones; inocentemente le comentó a su mujer que si preguntaban por él estaba en el barrio de Los Corrales.

Lamentablemente los hechos sucedieron de un modo completamente distinto, Benito fue detenido, trasladado a la cárcel de Burgos, juzgado y condenado a muerte junto a 41 ciudadanos mirandeses.

Chelo me entregó el certificado emitido por Calixto López Río, capellán del cementerio municipal San José de Burgos, donde figura la relación de los 42 nombres que fueron inhumados en la llamada “Fosa Común” del citado cementerio. Además me cedió el certificado de defunción de su padre, donde se cita literalmente que tenía 37 años, era natural de Anguciana (Logroño), hijo de Víctor y Nicanora, domiciliado en Miranda de Ebro, profesión jornalero y de estado casado, ignorándose el nombre y demás circunstancias de su mujer, así como si ha tenido sucesión. Falleció en despoblado el 18 de septiembre de 1936 a las seis y minutos, a consecuencia de heridas por arma de fuego.

Al finalizar esta narración quise conocer un poco más de Chelo y su familia y la pregunté si quería contarme como fue su vida trás el fatal desenlace.

Ella me respondió que tenía 13 años cuando asesinaron a su padre y su hermana más pequeña, 8. Su madre, Andresa, además de tener que soportar el fusilamiento de su marido, se encontró en la calle con sus cinco hijos ya que la embargaron su casa, aunque pudieron sacar los muebles y tuvieron que malvivir durante años en una antigua cuadra que les dejaron, hasta que pudieron alquilar una buhardilla por 25 pesetas al mes.

Chelo tuvo que dejar muy pronto de estudiar, ya que las necesidades familiares acuciaban. Trabajó de niñera en una vivienda de Miranda, a cambio de 15 pesetas al mes, una onza de chocolate y un trozo de pan, de ahí paso a ser niñera en otra casa de Miranda por un salario de 25 pesetas al mes.

Su madre fue una mujer muy conocida en Miranda por su fama de trabajadora, estuvo tiempo lavando 80 mudas de soldados todas las semanas a cambio de que estos le suministrasen comida para sus hijos. También fue colchonera en Miranda y trabajó en todo aquello que le permitiese dar de comer a sus hijos.

Éste es el relato que Chelo me contó en la conversación que mantuvimos, le firmé el libro y nos despedimos con un abrazo sincero.

Nunca se podrá resarcir a esta familia del dolor por la pérdida de un marido y padre, nunca se les podrá resarcir del hecho de quitarles su vivienda, de obligarles a trabajar para sobrevivir, de impedirles estudiar, de estar durante 40 años señalados por el Régimen que acabó con las libertades de este País.

Animamos a todos aquellos y aquellas que tengan historias similares a la de Chelo a contar sus vivencias personales para que de esta manera no se pierdan en el olvido y sirvan para que no se vuelvan a repetir hechos tan funestos para la historia de este país.

 

FOTO: Burgos1936.com

Matilde Landa, una “abogada” en las cárceles franquistas

El artículo que abre el blog “Yo fui presa de Franco”, tras un cierto parón veraniego, está dedicado a Matilde Landa, una de las mujeres que lucharon por mantener la dignidad -suya y de sus compañeras- en las cárceles franquistas.

Matilde era una mujer inteligente, fue condenada a muerte, el fiscal no solicitaba esta pena por haber matado, sino que era una acusación política por su participación en la organización Socorro Rojo. Matilde fue una de las figuras más importante que pasaron por las cárceles franquistas. Era licenciada e hija de un abogado y, al poco de entrar en prisión, se le ocurrió la idea de instalar una oficina para ayudar a las presas condenadas a muerte, ya que muchas, al ser analfabetas, desconocían el modo de defenderse o buscar avales.  El director accedió a que dispusiera de una celda a modo de oficina y le proporcionó una máquina de escribir. Cada vez que llegaba una condenada a muerte, Matilde hablaba con ella, le explicaba el caso, las razones por las que le habían condenado o cuáles eran las acusaciones. De esta manera, las mujeres e sentían apoyadas por alguien que entendía y las defendía; la adoraban. Era un trabajo apasionante que duró poco. Al comprobar el éxito de la oficina, Matilde fue trasladada a Palma de Mallorca.

Sin conocer bien las causas fue considerada una enemigo terrible, la trasladaron en avión a Palma. Nunca se había procedido de esta forma con reclusa alguna. Una vez en Mallorca intentaron un acercamiento, tenerla como a un igual, pero manteniendo las distancias. Matilde aceptó el juego, pero ese juego entre una reclusa y el régimen resultaba muy peligroso. Con los fascistas no existía término medio; o te ponías enfrente o a su lado. Matilde no quería ninguna de estas dos opciones, quería estar de igual a igual, pero no surtió el efecto que Matilde esperaba y terminó por morir en la cárcel.

Existe otra versión en la que se cuenta que mantuvo una estrecha relación con la presidenta de Acción Católica de Mallorca. Se hicieron amigas y ésta última intermedió para que dejaran hacer a Matilde en sus pretensiones, ya que le había tomado cariño.

A cambio, le propuso a Matilde que se bautizara, no lo estaba. El día anterior a que se produjera este acto, Matilde se tiró por la ventana. Esa es la versión que dijeron los fascistas, que se había tirado, pero nadie lo vio. Por tanto, cabe la posibilidad de que la hubiesen podido tirar. Nadie pudo asegurarlo, se trataba de una mujer equilibrada y era difícil que se trastornara, pero, en el último momento, quizás, prefirió la muerte a renunciar a sus principios por los que había luchado y estaba luchando durante toda su vida.

Hallados en la sima de Izeurgi (Valle de Erro) los restos de una persona desaparecida por el golpe militar de 1936

El Gobierno de Navarra solicita a la ciudadanía que facilite información que pueda contribuir a localizar a las más de mil personas fusiladas y desaparecidas que todavía no han sido recuperadas.

Los grupos de espeleología navarros Akelar y Sakon han hallado en la sima de Izeurgi, en el Valle de Erro, restos humanos que podrían ser los de una persona desaparecida por el golpe militar en 1936 y que hasta ahora no habría sido localizada.

Notificado el hallazgo, en el marco del convenio firmado entre el Gobierno de Navarra y la Sociedad de Ciencias Aranzadi, miembros de esta entidad han reconocido el lugar comprobando que se trata de los restos casi completos de un individuo masculino cuyo esqueleto se encuentra mezclado, a una profundidad de 50 metros, con gran cantidad de restos de animales arrojados a la misma sima.

Siguiendo el protocolo de exhumaciones fijado por el Gobierno de Navarra, tras realizar el informe preliminar, se procederá a su recuperación en los próximos meses mediante la metodología adecuada.

Colaboración ciudadana

El Gobierno de Navarra quiere solicitar la colaboración de la ciudadanía a la hora de facilitar información que pueda contribuir a la localización de las todavía más de mil personas fusiladas y desaparecidas del año 36 cuyos cadáveres todavía no han sido recuperados.

Desde la Dirección General de Paz, Convivencia y Derechos Humanos se señala que hallazgos como este de la sima de Izeurgi tienen “una gran importancia a la hora de dar respuesta a familias que llevan 80 años esperando a encontrar a sus seres queridos”. Asimismo, a su juicio, estos descubrimientos “permiten avanzar en el derecho de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación, y posibilitan que aquellas personas que fueron asesinadas como consecuencia del golpe militar de 1936 puedan ser enterradas con dignidad y devueltas a sus familias”.

En este sentido, la citada dirección general solicita a cualquier persona que tenga información sobre la ubicación de una fosa o enterramiento de este tipo, sea conocido o no, que contacte con el Gobierno de Navarra a través del teléfono 848 426 047, el correo electrónico pazyconvivencia@navarra.es o envíen la documentación de que dispongan o su testimonio a la siguiente dirección postal: Dirección General de Paz, Convivencia y Derechos Humanos, calle Arrieta, número 12, 5ª planta, 31002 Pamplona.

Primera nota oficial de Gobierno de la República — Búscame en el ciclo de la vida

A las 10:15 horas del 18 de julio de 1936, la emisora Unión Radio Madrid difundía el siguiente comunicado oficial del Gobierno de la República Española:“Se ha frustrado un nuevo intento criminal contra la República. El Gobierno no ha querido dirigirse al país hasta conseguir conocimiento exacto de lo sucedido y poner en ejecución las…

a través de Primera nota oficial de Gobierno de la República — Búscame en el ciclo de la vida

Las Trece Rosas

¿Merece la pena recordar? Sí, porque sin recuerdos, no existe memoria y sin memoria no existe la historia y sin historia una nación no existe.

Cuando en Madrid las tropas franquistas, el día 18 de mayo de 1939 se concentraron en la capital de España para conmemorar y celebrar el desfile del primer aniversario del Día de la Victoria, un grupo de jóvenes militantes de las JSU y del Partido Comunista organizaron, no el asesinato de Franco como les achacaron, sino unas pintadas en ciertas calles, con el lema “Menos Vivas a Franco y más pan blanco”. La policía franquista detuvo a varios militantes, no les fue difícil, disponían de los archivos de los militantes del partido comunista y de las juventudes unificadas socialistas, ya que no fueron destruidos cuando el golpe militar del comandante Casado. El jefe de un grupo de la Policía Social, el comisario Roberto Conesa, antiguo miembro de las JSU, les acusó de organizar el asesinato de Franco. Fue una gran redada, detuvieron a 67 militantes, incluso militantes de JSU, detenidos con anterioridad fueron relacionados con este asunto.

Las mujeres detenidas en esta operación creyeron que habían convencido al comisario Conesa de que pertenecían a una organización constituida para ayuda de presos. Pero, tras el asesinato del comandante de la guardia civil, Isaac Gabaldón, su hija y el soldado que conducía el automóvil, -fueron ametrallados en Talavera de la Reina- arrestaron a 67 militantes de las JSU, del Partido Comunista y simpatizantes. Entre los detenidos se encontraban las mujeres; Ana López Gallego, Victoria Múñoz, Martina Barroso, Virtudes González, Luisa Rodríguez, Elena Gil, Dionisia Manzanero, Joaquina López, Carmen Barrero, Pilar Bueno, Blanca Brisac, Adelina García y Julia Conesa. Nueve de ellas menores de edad. Trabajaban como modistas, sastras, amas de casa. Una de ellas, Blanca Brisac, era pianista y no pertenecía a ninguna asociación, ni partido político. Fue detenida junto a su marido, afiliado al Partido Comunista, por dar cobijo a un compañero. Fue una gran redada. Las trece mujeres ingresaron en la cárcel de Las Ventas.

El 1 de agosto llegó la orden de elegir a 15 mujeres, preferentemente menores de edad, para que fueron llevadas a juicio ante el Tribunal de las Salesas. El consejo militar duró dos días, siendo condenadas en la causa sumarísima núm. 30426/39 a la pena capital, acusadas de un delito de adhesión a la rebelión. El 4 de agosto se produjo en la cárcel una redacción febril de instancias solicitando el indulto. Se las dieron al capellán para que las cursara, pero la directora de la prisión, Carmen Castro, le exigió su entrega y quedaron olvidadas en un cajón. Jamás las cursó.

Hay que tener en cuenta que en la prisión de Las Ventas en esa época había más de 4.000 reclusas. ¿Cómo eligieron a las trece? Según dijeron, una señora en prueba de agradecimiento a un policía que había intercedido por su hija le regaló un ramo de flores con trece rosas rojas. Al recibir la orden para ejecutar a trece mujeres jóvenes, el policía Palito, ese era su nombre, fue sacando una por una las rosas, poniéndolas un nombre. Así se eligieron.

Las reclusas en Las Ventas se encontraban diseminadas por toda la prisión, en el departamento de menores, en los pasillos, en los sótanos, en los lavabos y en las galerías. La noche del 5 de agosto dormirían tranquilas, las sacas se producían después del último recuento y antes de las 11 de la noche. “Creo que esta noche me puedo acostar”, dijo Flora después de consultar su reloj. Apenas echada sobre el mugriento petate, se abrió la puerta y a la escasa luz de una linterna, se vislumbró en el umbral la silueta de una funcionaria envuelta en la capa azul marino. Una a una fueron reconocidas y, a pesar de ser menores de edad, ya ni eso valía. No existía el derecho de defensa.

Cuando la funcionaria se detenía delante era señal de que te iban a sacar esa noche. Las demás presas se abrazaban una y otra vez. Que horrible mezcla de gritos, lloros, blasfemias. Al final el silencio.

Se despidieron de sus compañeras y vigiladas estrechamente por varios guardias civiles, montaron en camiones y las llevaron hasta las tapias del cementerio de La Almudena, donde fueron vilmente asesinadas.

En el trayecto hacia la muerte pudieron leer un pasquín que decía” Españoles alerta. España en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España con el favor de Dios sigue en marcha, Una, Grande y Libre hacia su irrenunciable destino”.

Su sepultura está en el cementerio del Este. Quien lo visite podrá leer una sencilla lápida que dice: “Las jóvenes llamadas Las Trece Rosas. Dieron su vida por la libertad y la democracia el 5 de agosto de 1939”.

Se cumplía la máxima de Franco. “Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino”.

 

FOTO: Los ojos de Hipatía

Los ojos de Hipatia

Arantxa Carceller, periodista de la revista sociocultural valenciana “Los ojos de Hipatia”, ha entrevistado a los autores de “Yo fui presa de Franco”. Aprovechamos el blog para compartir las reflexiones y dar las gracias a la publicación por difundir nuestro libro.

Desde la siempre atenta mirada de Hipatia, y en nuestro empeño por desvelar episodios de nuestra historia más reciente, nos acercamos al libro Yo fui presa de Franco (Letras de Autor) escrito por Fernando Cardero Elso y Fernando Cardero Azofra.  A través de este libro sus autores ofrecen un relato de la historia de las mujeres burgalesas que fueron detenidas y encarceladas en la prisión provincial de Burgos, actual Teatro Clunia, durante la Guerra Civil.

Entre en la ficción y la historia, el lector conocerá las vivencias personales en la cárcel de una de las presas, voz que nos adentrará en la vida del resto de sus compañeras. La historia arranca el 8 de diciembre de 1931 año en la que las Cortes españolas la nueva constitución republicana, la cual, aprobaba también el derecho de voto de la mujer. Hasta 178 nombres y expedientes de mujeres retenidas en la cárcel de Burgos se darán a conocer gracias a este libro escrito por padre e hijo.

No es la primera vez que padre e hijo se embarcan en la aventura de escribir a cuatro manos con el fin de rescatar episodios de la historia de Burgos. “El escribir a cuatro manos lo llevamos haciendo con los cinco libros que hemos escrito conjuntamente y puedo asegurar que no nos causó ninguna dificultad, más bien, nos sirvió para conocernos mejor y esto siempre es agradable. Los otros libros, quizá, fue más fácil, se trataba de narrar hechos sucedidos en ciertas épocas, como los escritos en relación a los Alcaldes del Ayuntamiento de Burgos durante la mitad del siglo pasado. Otros dos, se refieren a hechos ocurridos en dos prisiones donde narramos la biografía, la vida, la condena, los sufrimientos, las penurias, las sentencias, las sacas de inocentes para ser fusilados. No nos resultó difícil escribir sobre los expedientes existentes, obtenidos tras una laboriosa investigación”.  Sin embargo, con Yo Fui Presa de Franco, “la situación varío, ya no se trataba únicamente de narrar hechos ocurridos con mujeres presas. Que sí, pero con los datos obtenidos simulamos una trama, nos embutimos en la personalidad femenina y surgieron ciertas discrepancias. Después de alguna discusión relacionada con el final, llegamos al consenso. Todo hay que decirlo, cada uno teníamos una idea de cómo resolverlo. Después de un intercambio de propuestas aceptamos la que narramos”.

Fernando padre, es quizás más rudo en el lenguaje que Fernando hijo, capaz de suavizarlo. Fernando hijo, dispone de una capacidad de síntesis, de la que Fernando padre carece. Fernando hijo, es capaz de retener todo lo escrito en la memoria, mientras que Fernando padre necesita tiempo. Lo cierto es que “salvo pequeñas discrepancias, podemos escribir conjuntamente sin que existan controversias que no podamos resolver”, explica Fernando Cardero Elso.

Más información

La familia Ramiro-Bretón

Este artículo está dedicado a una familia de Burgos; muy conocida en aquel momento en la ciudad. Se trata de la familia Ramiro-Bretón. Estas líneas quieren ser un profundo homenaje a un burgalés, a su mujer y a sus hijos; Todos ellos sufrieron los horrores del golpe militar. Residían en Burgos desde el año 1917. Tras los sucesos acaecidos ese año en España, se marcharon de Madrid, fijando la residencia en la ciudad castellana.

Él era muy mañoso y montó un pequeño taller dedicado al arreglo y componenda de calzado en los bajos de su domicilio, sito en la calle Avellanos. Al poco tiempo, dado su temperamento y su buen hacer, lo conocía toda la población y, aunque se llamaba Félix Ramiro, la mayoría del pueblo, quizás por su corta estatura, lo apodaba “zapaterín”. Su mujer era Cayetana Bretón Álvarez. El matrimonio tenía tres hijas y un hijo.

Se ganaban la vida honradamente, eran muy conocidos, no solo en el barrio, sino en círculos progresistas de la ciudad y entre muchos agricultores que llevaban a su taller los arreglos de sus calzados.

Era una familia muy apreciada y considerada, las gentes menos pudientes sabían que en aquella casa siempre tenían una taza de buen caldo o un pedazo de pan. Por otra parte, las mujeres que venían de los pueblos a vender sus productos agrícolas a la capital conocían que, si les quedaba mercancía sin vender, Cayetana se encargaba de colocarla, bien en su propia casa o entre conocidos.

Félix se consideraba un hombre de izquierdas y republicano, no lo negaba ni lo ocultaba, siempre mostraba una actitud crítica contra las injusticias y no tenía ningún reparo en denunciar aquello que consideraba injusto. Esta forma de actuar le produjo serios disgustos y más de un enfrentamiento con gentes de derechas. Nunca se lo perdonaron, nada más producirse el alzamiento, una de las primeras actuaciones de los militares rebeldes fue hacer prisioneros a todos los burgaleses considerados personas de ideología izquierdista o progresista.

El 20 de julio, Félix fue detenido y dos días después, sin celebrarse juicio, lo fusilaron.

Más información

Los lugares del horror; el penal de Valdenoceda y la cárcel de Burgos

EL PENAL DE VALDENOCEDA

El bando franquista creó, mediante la Orden de 5 de julio de 1937 de la Secretaría de Guerra en Burgos, en el “territorio conquistado”, campos de concentración y destacamentos de trabajo. En Burgos se crearon varios y convirtieron a la provincia en un auténtico campo de concentración.

Se formaron grupos de personas que recorrían la geografía española para buscar lugares donde asentar las prisiones. La tipología de los lugares que buscaban era, básicamente, construcción de obra fija, agua corriente, luz eléctrica, clima no muy extremo, medios de comunicación próximos, un río grande para evacuar y un lugar discreto y difícil de escapar. Así se creó el Penal de Valdenoceda, una cárcel para presos políticos.

El pueblo de Valdenoceda se halla a sesenta kilómetros de Burgos. Se llega por la carretera que une la meseta castellana con el País Vasco. En un recodo de esta vía, defendido de los vientos del norte por suaves montañas y por el río Ebro, existe, aún hoy, una lengua de tierra de aproximadamente una hectárea que rodea a una casona de tres pisos.

En sus inicios la adquirió la familia vasca Alday y fue una fábrica de seda artificial. Pero el gobierno del general Franco la convirtió en 1938 en uno de los penales más cruentos del régimen.

Al recinto se accedía por una puerta de madera de dos hojas pintadas de color marrón, situada al sur de la finca. Al traspasarla lo primero que se veía era un pequeño patio de tierra, antesala del edificio principal de tres plantas, de aproximadamente 15 metros de altura y forma rectangular.

En la planta baja se encontraba el comedor, las oficinas, la enfermería y un cuarto con nueve camas, donde dormían los soldados ocupados de la vigilancia diaria.

A los pisos superiores se accedía en un principio por una escalera de madera, que se dejó de usar por su mal estado, reservándose su uso a los funcionarios, guardianes y personal médico del penal. Se construyó otra de cemento por el exterior, con una especie de plataforma en cada descansillo, que servía para pasar revista a los presos.

En el tejado se instaló un gran depósito para recoger el agua del manantial del que se surtía el penal; se usaba tanto para beber, como para fregar, para lavar la ropa y para la higiene de los reclusos.

En 1938 existían en el recinto varias edificaciones utilizadas para guardar material y utensilios de la fábrica de seda que fueron demolidos y en su lugar se construyeron otros que sirvieran a las necesidades del establecimiento penitenciario. Todo ello fue realizado por reclusos, mano de obra barata para el régimen.

Ellos construyeron la tapia de cierre del recinto por el lado de la carretera, adecentaron el edificio principal, levantaron un anexo que sirvió de dormitorio a los soldados, talaron los árboles de la finca, arrancaron los tocones y retiraron los escombros, arreglaron la traída de aguas. En otro extremo realizaron otro edificio más pequeño para guardar los suministros, dos lavaderos y varios cobertizos. Para las necesidades fisiológicas excavaron una gran fosa de dos metros de profundidad y una treintena de largo, paralela al cauce.

La primera planta estaba construida en piedra silicea. Sobre su estructura se levantaba el resto del edificio, a base de vigas de madera de roble, sujetas al suelo por machones. Las paredes eran de adobe recubietro de cal, y la cubierta, a dos aguas y de teja árabe.

Los dos pisos superiores servían de dormitorios. Una treintena de vigas alineadas a lo largo y ancho del piso sostenía el edificio, dejando un espacio libre central que hacía las veces de pasillo. Los camastros y petates se colocaban en hileras ocupando cada preso poco más o menos medio metro.

Al carecer de utensilios para colgar la poca ropa de que disponían, los presos clavaron puntas en las vigas que aún hoy son reconocibles e hicieron las veces de perchas.

Es necesario recordar que a principios de 1939 el penal albergó a más de 1.000 presos, que convivieron en situaciones extremas de salubridad, pasaron hambre, frío, falta de higiene, sufrieron palizas, castigos, robos; en conclusión la vida en este penal fue infrahumana.

Desde las ventanas que daban al norte, protegidas por rejas de hierro, se divisaba el patio, lugar donde se permitía estar a los reclusos durante el día, hiciera frío o calor, lloviera o nevara, salvo para la hora de comer y cenar.

A un lado del patio discurría un cauce de agua utilizada para que dos turbinas generaran electricidad para el penal. Entre este cauce y el río Ebro existía un almacén por debajo de la rasante, que la dirección del penal transformó en celdas de castigo. Al encontrarse bajo el nivel, cuando venían crecidas, el cauce se desbordaba y las aguas arengaban esas celdas.

Más información