Protocolo de muerte

Hoy ha caído en mis manos un documento fechado en agosto de 1936 firmado por el gobernador civil, General Dávila, donde figuraban 20 nombres de personas que fueron fusiladas y sus cuerpos depositados en algún lugar desconocido de la provincia de Burgos. Me he preguntado si sería verdad aquello que una persona me comentó sobre la manera en que se elaboraban estas listas fatídicas en una ciudad castellana donde no hubo guerra y, sin embargo, ocurrieron más de 3.000 fusilamientos.

Un comercio que existía en la Plaza Mayor de Burgos en los tres años que duró la Guerra Civil nunca cerró antes las siete de la tarde. Se echaba el cierre hasta la mitad, aquellos cierres de hierro ondulado que el dependiente de turno, ayudado de un palo con un gancho en la punta, lograba coger por la argolla y bajarlo hasta una altura donde ya podía hacerlo con sus propios brazos, y dentro quedaba el dueño -un terrateniente rico-, que, además del comercio, poseía varios inmuebles y fincas. Además había sido concejal en varios mandatos. Poco a poco iban llegando; un representante del gobierno, el fiscal de la Audiencia, un catedrático de instituto, el jefe de Falange de la ciudad y un militar enviado por Capitanía. Entre los seis elaboraban la lista de los que al día siguiente o, incluso esa misma noche, iban a ser paseados.

Reunidos los seis comentaban cómo transcurría la contienda y preguntaban ¿a cuántos fusilaron ayer los rojos en Madrid? El representante del Gobierno daba una cifra e, inmediatamente, alguno de los reunidos indicaba el incremento en el número de los enemigos rojos que debían de ser fusilados. El representante del Gobierno sacaba una hoja donde llevaba escrito una serie de nombres que comenzaba a leer. La mayoría de las veces nadie expresaba una opinión contraria hacía los nombres que se proponían. En contadas ocasiones ocurría que alguno de los presentes se oponía porque conocía a la persona o, simplemente, porque el detenido debía un traje al comerciante y, si estaba en la lista, nunca se lo abonaría.

Terminada la velada cada personaje se dirigía a sus menesteres, uno con la lista al Gobierno Civil para pasarla a máquina, redactar el oficio que debía firmar el gobernador y, rápidamente, dirigirse al penal donde el funcionario de turno estamparía una cruz al lado de cada nombre, corroborando así su existencia en el centro penitenciario. El resto de los componentes se evadiría en alguna partida de naipes que tenían lugar en el Salón de Recreo o en el Casino, a la espera del día siguiente que repetirían idéntico protocolo de muerte.  

 

FOTO: Ayuntamiento de Burgos

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Matilde Landa

¿Estando tú en la cárcel de Mallorca fue cuando se mató Matilde Landa (1904-1942)?

-Sí, a Matilde Landa la perdimos en esa cárcel. Era tanta la presión que no nos extrañó que llegara a poner fin a su vida o, quizás, fuera un desequilibrio emocional, no lo puedo afirmar, éramos cinco las presas que estábamos con ella y no puedo asegurar lo que la pudo suceder para quitarse la vida, pero ahora que ya no se encuentra entre nosotras puedo decir que Matilde era una mujer de lo más completa que he conocido. Era muy inteligente, con un instinto político fuera de lo común, poseía una vastísima cultura, un compromiso inigualable y una gran capacidad de trabajo, pero para mí, desde el punto de vista de una obrera como soy yo, sin apenas conocimientos, muchas de las cosas que hacía Matilde no las llegue a entender, ni a comprender. Por esta razón me resulta bastante difícil juzgarla. Lo único que puedo decir es que a Matilde la consideraban una presa especial, hasta el punto de que desde aquí, en Palma de Mallorca, la trasladaron en un avión especial.

¿A qué crees que se debían estas complacencias con una presa cuando a todas os trataban tan mal?

-Creo que los nacionales intentaron un acercamiento a su persona, tratarla de igual a igual, Matilde aceptó ese juego que resultaba muy peligroso pues siempre llegaba un momento en que no tenías más remedio que claudicar. El propósito de los nacionales consistía en conseguir que se bautizara.

¿Lo consiguieron?

– No, pero estuvieron a punto. De esta tarea se encargó la presidenta de Acción Católica de Palma. Le ofreció toda clase de prebendas para mejorar su estancia en la cárcel, pero estas ventajas conseguidas las derivaba hacía los niños y las mujeres ancianas. Entre la presidenta y Matilde surgió cierta amistad, es posible que fueran amigas. No se conocerán nunca las causas por las que aceptó bautizarse y la prueba fue que el día que iba a tener lugar el bautismo, hicieron acto de presencia en la cárcel de Palma el gobernador, el obispo y otras personalidades, esperando un gran acontecimiento. Todos aguardaban este acontecimiento para presentarlo al mundo como un gran logro, una célebre comunista se había convertido. Pero el día dispuesto para el bautizo, Matilde se suicidó arrojándose por la ventana de la tercera galería.

¿Qué paso por la mente de esa mujer tan equilibrada mentalmente para suicidarse?

Quizás en el último momento prefirió ese final antes que renunciar a los principios por los que siempre había luchado y no quisiera que esto que os relato pudiera manchar la memoria de Matilde Landa.

Matilde Landa, en junio de 1940 fue trasladada a la prisión de Palma de Mallorca, una de las más terribles cárceles de mujeres de la posguerra española, caracterizada por la masificación y la pésima alimentación. Al igual que en Ventas, Landa se convirtió de inmediato en un referente moral básico para las presas, encabezando las modestas acciones de resistencia que se desarrollaban en el penal.

 

La celda número Veinte

Desde la fatídica fecha del 18 de julio de 1936, miles de mujeres de todos los rincones de España, que habían sufrido represión y pasado por las cárceles franquistas, en un momento de sus vidas habrán exclamado Yo fui presa de Franco. Seguramente habrán dado a conocer los testimonios vividos.  María, de no haber sido fusilada, habría gritado “Yo estuve presa en la celda número veinte en los sótanos de Gobernación en la Puerta del Sol”.

Éste es el relato de una muchacha detenida por las tropas franquistas en la capital de España. No eran distintas las cárceles de mujeres de las de los hombres, pero sí lo era la celda 20 del Ministerio de Gobernación de la Puerta del Sol, donde fue llevada María. De su estancia, solo malos recuerdos, con una sola excepción; nunca pudo olvidar unos versos, borrosos, deslucidos, escritos sobre la mugrienta pared de aquella maldita mazmorra,  en la que sufrió todo tipo de vejaciones y castigos. Sin duda fueron escritos por alguien que, como ella, sufrió los mismos castigos y que los carceleros no cayeron en la cuenta de borrarlos.

Número veinte

Tú me quitas la tristeza

Número veinte

Tú me das fortaleza

Nunca te podre olvidar

Pues en ella encierra

Tantas emociones

Que nunca se olvidaran

Desde esta celda sin luz

Este es el poema

Que os ha dedicado

Un camarada andaluz

María del Rey era una mujer joven, decidida, alta, rubia, guapa. Nació en Madrid y era socialista. Fue detenida nada más acabar la guerra. Los verdugos buscaban que delatara a los compañeros socialistas que quedaban escondidos en la capital. No lo consiguieron, nada obtuvieron a pesar de lo duro que resulto su estancia en la celda veinte.

En Gobernación era difícil conseguir vivir, las palizas eran inhumanas, no había sitio material para tantos detenidos. Les sacaban al retrete con los guardias. La comida era desastrosa; un caldo por la mañana y un pedazo de pan y unas rodajas de tomate para comer. A eso de las dos o tres de la mañana, subían los detenidos al sitio de los interrogatorios y, si no hablaban, les zumbaban hasta perder el conocimiento. Después los bajaban a la celda y los depositaban en el duro cemento como si fueran un fardo, sin ninguna asistencia médica. Se sufría más que por lo tuyo, por los gritos, vómitos y quejidos que se oían.

Tras varios meses en la celda veinte, a María la juzgaron en consejo de guerra y a condenaron a muerte, acusada de un delito de traición. No volvió a la celda número veinte, porque la trasladaron a la cárcel de las Ventas y la colocaron en la galería de las condenadas a muerte.

Una noche la despertó la luz roja de una linterna sobre su cara y una voz ronca la conmino a vestirse. María sabía lo que aquello suponía, pero reaccionó magníficamente; mantuvo su valor y una serenidad asombrosa y, con su actitud, sostuvo el ánimo de sus compañeras de ejecución en el trayecto tan breve y, tan largo a la vez, que hicieron juntas hasta el patíbulo.

Conventos, asilos, colegios… Cárceles

En todas las capitales de provincia el régimen de Franco habilitó, si no existían ya, cárceles donde encarcelar a mujeres no adictas a su ideario político o no conformes con el golpe militar contra el orden constituido. En estas prisiones fueron a parar miles y miles de mujeres, que entraron jóvenes y con ideales, y salieron viejas y desencantadas. Se habilitaron conventos, asilos, casas y otras dependencias para convertirlas en prisiones donde fueron a parar miles y miles de mujeres que lucharon por defender la libertad, la justicia y la democracia.
Entre las muchas cárceles donde fueron a parar esas mujeres, he querido nombrar a algunas que se distinguieron por su crueldad y por lo mal que lo pasaron las reclusas. En estos lugares de horror, miseria, dolor y cuantos adjetivos seamos capaces de nombrar o inventar, la situación de hambre y frío, la nula asistencia médica, resultaba natural. Nada hicieron por remediarlo las autoridades del régimen, ni los directores, ni los funcionarios; al contrario, dejaron que las mujeres acabaran de enfermar, que muchas muriesen por los años sufridos en cautiverio y que otras acabaran fusiladas en los patios de las cárceles o en parajes desconocidos.

Lo que sucedió en España durante la guerra y la posguerra no tiene nombre. Los nazis en Alemania llevaron el holocausto, en España, quizás, fue peor. En Alemania hubo muchos muertos. En España hubo muchos muertos en una Guerra Civil, muchos fusilados, muchos exilados, muchos perseguidos, muchos encarcelados. Si los alemanes lo recuerdan, también nosotros debemos hacerlo, porque un pueblo sin memoria carece de futuro.

Y en la memoria permanecen las siguientes prisiones:

La cárcel de Segovia. Construida en el año 1925 con gruesos muros de piedra y pequeños ventanucos que daban a patios interiores. Disponía de un departamento con más de 200 celdas y unas salas donde se hacinaban más de 100 presas. El frío era intenso, a veces las reclusas debía soportar temperaturas de varios grados bajo cero. Las autoridades franquistas decidieron convertir la cárcel de Segovia en un sanatorio antituberculoso, aunque no reunía ninguna de las condiciones que debía tener un hospital dedicado a la finalidad de curar la enfermedad. Con estas condiciones pocas lograron recuperarse debido a la carencia de los más minimos cuidados. Las mujeres que sanaron, posteriormente, sufrieron muchos y penosos años soportando la tortura, tanto moral como física.

La cárcel de Las Ventas. Era una prisión moderna, la había inaugurado la ministra Victoria Kent, con la idea de recluir en ella no más de 500 mujeres. En esa época llegó hasta las 14.000, con el consiguiente deterioro. Cuentan algunas reclusas que estuvieron presas en esta cárcel que les daban de comer cada 24 horas, un plato de lentejas, duras, sin sal y sin aceite. No había duchas, los váteres se encontraban siempre atascados, y apenas tenían agua para lavarse. Eran tantas las presas que algunas debían dormir de pie, porque no existía espacio para colocar los petates. En las Ventas, los dirigentes explotaban a las presas, en los sótanos organizaron talleres donde confeccionaban las piezas del Ejército. Era tal la cantidad de presas que decidieron descongestionarla y así, según las iban juzgando, las trasladaban a otras cárceles que iban habilitando en conventos, asilos o casas viejas. En las Ventas también se produjeron sacas y varias reclusas jóvenes fueron fusiladas en el propio patio de la prisión.

Sin embargo, la mayor mostruosidad cometida por el Régimen franquista fue la cárcel de Madres. Esta prisión, erigida cerca del río Manzanares, daba la sensación de tratarse de un chalet, con escaleras de mármol y escaleras de caracol. A esta edificación, aparentemente lujosa, llevaron a las presas que se encontraban a punto de parir, a las mujeres que tenían recién nacidos y a las madres con niños menores de tres años. Si encuentras a una mujer que haya pasado por esta cárcel, puedes hacerte una idea del horror que allí vivieron. Las madres que no querían dejar a sus hijos sufrían horrendos castigos. Como no existían celdas de castigo las introducían en jaulas y las enchufaban agua a presión hasta que se desmayaban. A las que tenían hijos las pusieron juntas en una galería sin agua ni lavabos. No podían lavar la ropa y se la ponían sucia y húmeda a los niños. Estos enfermaban de tiña y otras enfermedades. Morían a puñados. Ya muertos los llevaban a una sala y los dejaban en mesas de mármol. Las madres debían de vigilarlos porque aparecían ratas que venían a comerse a los niños esqueléticos. Era un drama que no se podía soportar.

La cárcel de Amorebieta. Era un antiguo colegio, convertido en hospital durante la guerra y cárcel después. Disponía de dos amplías naves, en la más grande convivían más de 500 reclusas y en la pequeña alrededor de 200. Las condiciones de vida eran similares en todas las prisiones; Poca comida, mucho frío, a veces insoportable al ser el suelo de cemento y sin ninguna calefacción. Hasta el punto que el frío del propio cuerpo se sentía más que el hambre. Los malos modos eran frecuentes, especialmente de las monjas que dirigían la cárcel, con favoritismos para las reclusas que iban a misa y falta de humanidad para las presas que se oponían. Los castigos eran habituales por cosas nimias, la asistencia médica inexistente y la comida era mala y escasa. La higiene no llegaba a ser ni mínima, sin duchas y con un solo lavabo que consistía en una estrecha y larga pila a modo de los abrevaderos usados por el ganado.

FOTO: Villadeorgaz.es