La celda número Veinte

Desde la fatídica fecha del 18 de julio de 1936, miles de mujeres de todos los rincones de España, que habían sufrido represión y pasado por las cárceles franquistas, en un momento de sus vidas habrán exclamado Yo fui presa de Franco. Seguramente habrán dado a conocer los testimonios vividos.  María, de no haber sido fusilada, habría gritado “Yo estuve presa en la celda número veinte en los sótanos de Gobernación en la Puerta del Sol”.

Éste es el relato de una muchacha detenida por las tropas franquistas en la capital de España. No eran distintas las cárceles de mujeres de las de los hombres, pero sí lo era la celda 20 del Ministerio de Gobernación de la Puerta del Sol, donde fue llevada María. De su estancia, solo malos recuerdos, con una sola excepción; nunca pudo olvidar unos versos, borrosos, deslucidos, escritos sobre la mugrienta pared de aquella maldita mazmorra,  en la que sufrió todo tipo de vejaciones y castigos. Sin duda fueron escritos por alguien que, como ella, sufrió los mismos castigos y que los carceleros no cayeron en la cuenta de borrarlos.

Número veinte

Tú me quitas la tristeza

Número veinte

Tú me das fortaleza

Nunca te podre olvidar

Pues en ella encierra

Tantas emociones

Que nunca se olvidaran

Desde esta celda sin luz

Este es el poema

Que os ha dedicado

Un camarada andaluz

María del Rey era una mujer joven, decidida, alta, rubia, guapa. Nació en Madrid y era socialista. Fue detenida nada más acabar la guerra. Los verdugos buscaban que delatara a los compañeros socialistas que quedaban escondidos en la capital. No lo consiguieron, nada obtuvieron a pesar de lo duro que resulto su estancia en la celda veinte.

En Gobernación era difícil conseguir vivir, las palizas eran inhumanas, no había sitio material para tantos detenidos. Les sacaban al retrete con los guardias. La comida era desastrosa; un caldo por la mañana y un pedazo de pan y unas rodajas de tomate para comer. A eso de las dos o tres de la mañana, subían los detenidos al sitio de los interrogatorios y, si no hablaban, les zumbaban hasta perder el conocimiento. Después los bajaban a la celda y los depositaban en el duro cemento como si fueran un fardo, sin ninguna asistencia médica. Se sufría más que por lo tuyo, por los gritos, vómitos y quejidos que se oían.

Tras varios meses en la celda veinte, a María la juzgaron en consejo de guerra y a condenaron a muerte, acusada de un delito de traición. No volvió a la celda número veinte, porque la trasladaron a la cárcel de las Ventas y la colocaron en la galería de las condenadas a muerte.

Una noche la despertó la luz roja de una linterna sobre su cara y una voz ronca la conmino a vestirse. María sabía lo que aquello suponía, pero reaccionó magníficamente; mantuvo su valor y una serenidad asombrosa y, con su actitud, sostuvo el ánimo de sus compañeras de ejecución en el trayecto tan breve y, tan largo a la vez, que hicieron juntas hasta el patíbulo.

Mercedes (Y III)

La cárcel de Málaga, entonces Prisión Central de Mujeres, era un edifico viejo y destartalado, que había sido en tiempo corral de caballos. Salvo un patio central donde se hacía la vida, las brigadas eran recintos oscuros y lúgubres donde a cada presa le correspondía poco más de dos ladrillos de anchura, aproximadamente 50 centímetros; ahí dormían, ni que decir los problemas que surgían cada noche al hacer las camas, discusiones inevitables, protestas, insultos a los que, finalmente, se acostumbraban.

En la prisión convivían mujeres políticas, presas comunes y muchas reclusas jóvenes con sus hijos, a quienes el director, como gracia especial, permitía que permanecieran en la prisión hasta cumplir los siete años. Como medida especial disfrutaban de unos malos camastros. Daba pena verlos; desnutridos, depauperados. La alimentación en la cárcel, a pesar de que sus madres se quitaban lo poco que nos daban para dárselo a ellos, siempre era insuficiente. La falta de vitaminas y el sol malagueño hacía que su piel estuviera tostada y ajada. A todos estos males se unía que la mayoría eran huérfanos o sus padres se hallaban encarcelados.

Mercedes, junto con sus compañeras presas políticas, muy pronto empezaron a organizarse y a reunirse, constituyendo grupos de defensa, de estudio y de solidaridad. Durante los dos años que permanecieron en Málaga pusieron en marcha, entre otras actividades, un grupo de cultura que ayudó a muchas presas a aprender a leer y a escribir.

El director se dio cuenta de que con su presencia la cárcel se estaba convirtiendo en algo no deseado y quiso quitarse el problema. En la primera ocasión que pudo, las envió a la prisión de Segovia.

Y así terminaba un periplo para Mercedes que pasó durante 18 años recluida en seis cárceles distintas;  Ventas, Alcázar de San Juan, Linares, Córdoba, Málaga y Segovia. Prisiones distintas, pero iguales; con condiciones de vida lamentables y en las que las presas sobrevivían gracias a la solidaridad de unas con otras. En las que vieron como muchas morían enfermas o de hambre o de frío; y otras eran ejecutadas en aquellas terribles noches. Mercedes lo ha podido contar para vergüenza de ese régimen que provocó tanto sufrimiento a España y a los y a las españolas simplemente por pensar diferente.

FOTO: Briega.org

Mercedes (II)

A los tres o cuatro días, se hicieron dos expediciones de reclusas; unas con destino a Málaga y otras dos a la cárcel de mujeres de Amorebieta, con un total de 14 reclusas en cada expedición. Fue una medida represiva y Mercedes fue una de las expedicionarias que la sufrió. Salir trasladada en esos tiempos resultaba una penosa peregrinación, dadas las circunstancias que acompañaban el viaje. Además se perdían las relaciones con los familiares, amigos y también la relación de compañerismo y solidaridad existente entre las presas. Asimismo, se perdía algo muy importante como era la llegada de alimentos, indispensables para la subsistencia.

Hasta llegar a Málaga, Mercedes estuvo en las cárceles de Alcázar de San Juan, Linares y Córdoba. En la cárcel de Alcázar de San Juan en el año 1946 empieza su calvario. Esta prisión era un hervidero de reclusas hacinadas, de todas las clases sociales, lo mismo había una que había robado un melón que una prostituta. El olor era pestilente, sin ningún tipo de higiene, las necesidades se tenían que efectuar en un cubo que nadie limpiaba, se dormía en el suelo, soportando un frío y un olor espantoso. Fueron dos días espantosos para Mercedes y sus compañeras reclusas.

El viaje continuó a Linares; después de un día de camino en un tren, llegaron a la estación y a pie, en medio de la expectación de la gente, recorrieron varias calles hasta llegar a la prisión, produciendo las mismas reacciones en la gente que les miraba sin saber bien cómo catalogarlas. La cárcel de Linares reunía mejores condiciones que la de Alcázar. Las reclusas en su mayoría eran presas comunes, jóvenes, huérfanas de guerra o bien tenían a sus familiares en prisión o fusilados. Les  acogieron muy bien y sintieron tener que marcharse.

De Linares a Córdoba, ya cansadas de tanto viaje y para remate tuvieron que caminar varios kilómetros desde la estación a la Cárcel Nueva, apremiadas por los guardianes que, sin duda, querían regresar a sus casas lo antes posible, sin importarles en absoluto si podían o no seguir el paso que les querían imponer. Al fin llegaron y las llevaron la sala de ingresos, conocida como el lazareto. La cárcel era nueva y disponía de ciertas comodidades que no existían en Ventas. Pudieron dormir en cama con colchón después de tres años de hacerlo sobre un áspero y duro petate. En esta cárcel, pese a tantas amarguras, tantas injusticias, tanta falta de humanidad como existía por parte de los vencedores, fue donde sintieron una verdadera camaradería con las reclusas. Repartieron con ellas lo que tenían, su comida, su simpatía, sus recuerdos, no oyeron una queja, a pesar de que lo que contaban producía escalofríos.Una de ellas había presenciado con sus propios ojos como los falangistas fusilaban a su marido y a sus hijos.

Los días transcurridos en Córdoba, hasta la marcha a la prisión de Málaga, fueron los que mejor recuerdo guarda Mercedes de los dieciocho años de cautiverio. Pero todo toca a su fin y a los tres días les llevaron de nuevo al lazareto y, acompañadas de cuatro guardias civiles armados hasta los dientes, atravesaron la ciudad por las mismas calles y con las mismas sensaciones. Les montaron en un tren y siguieron el viaje hasta Málaga nuestro último destino.

FOTO de cárcel de mujeres de Córdoba: Arcangelbedmar.com

La cárcel de las Ventas

El régimen franquista habilitó en las ciudades españolas un número imposible de conocer de cárceles y lugares de internamiento de prisioneros y de personas que el régimen consideraba no adictas a sus ideas fascistas. De estos establecimientos penitenciarios se tienen referencia en todas las ciudades, en algunas no distinguieron entre hombres y mujeres, eso sí, existió una lógica separación. Eran tantas las detenciones que no tuvieron más remedio que habilitar cárceles donde recluir únicamente a mujeres. Así en Madrid podemos citar las cárceles de Ventas, Quiñones, Claudio Coello, Prisión maternal de San Isidro y Prisión Central de niños lactantes de Ventas.

La prisión de Ventas fue inaugurada por la ministra Victoria Kent en 1933. Estaba considerada en su época como una cárcel modelo de mujeres. Se encontraba situada en la calle Marqués de Mondéjar nº 16-18.  Según testimonios, Ventas era un edificio nuevo construido con ladrillos rojos y paredes encaladas. Constaba de seis galerías de 25 celdas individuales, con ventanas amplías. En cada galería existía un amplio departamento destinado a lavabos, duchas y váteres. También disponía de talleres, escuela, almacenes en los sótanos, dos enfermerías y un salón de actos que más tarde se convertiría en capilla. En cada celda se disponía de una cama, un armario, una mesa y una silla. Pero, en 1939 todas las salas se transformaron en un gigantesco almacén, almacén de mujeres. Cada celda la ocupaban entre 11 y 12 reclusas, no había nada, solo colchones o jergones.

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Matilde Landa, una “abogada” en las cárceles franquistas

El artículo que abre el blog “Yo fui presa de Franco”, tras un cierto parón veraniego, está dedicado a Matilde Landa, una de las mujeres que lucharon por mantener la dignidad -suya y de sus compañeras- en las cárceles franquistas.

Matilde era una mujer inteligente, fue condenada a muerte, el fiscal no solicitaba esta pena por haber matado, sino que era una acusación política por su participación en la organización Socorro Rojo. Matilde fue una de las figuras más importante que pasaron por las cárceles franquistas. Era licenciada e hija de un abogado y, al poco de entrar en prisión, se le ocurrió la idea de instalar una oficina para ayudar a las presas condenadas a muerte, ya que muchas, al ser analfabetas, desconocían el modo de defenderse o buscar avales.  El director accedió a que dispusiera de una celda a modo de oficina y le proporcionó una máquina de escribir. Cada vez que llegaba una condenada a muerte, Matilde hablaba con ella, le explicaba el caso, las razones por las que le habían condenado o cuáles eran las acusaciones. De esta manera, las mujeres e sentían apoyadas por alguien que entendía y las defendía; la adoraban. Era un trabajo apasionante que duró poco. Al comprobar el éxito de la oficina, Matilde fue trasladada a Palma de Mallorca.

Sin conocer bien las causas fue considerada una enemigo terrible, la trasladaron en avión a Palma. Nunca se había procedido de esta forma con reclusa alguna. Una vez en Mallorca intentaron un acercamiento, tenerla como a un igual, pero manteniendo las distancias. Matilde aceptó el juego, pero ese juego entre una reclusa y el régimen resultaba muy peligroso. Con los fascistas no existía término medio; o te ponías enfrente o a su lado. Matilde no quería ninguna de estas dos opciones, quería estar de igual a igual, pero no surtió el efecto que Matilde esperaba y terminó por morir en la cárcel.

Existe otra versión en la que se cuenta que mantuvo una estrecha relación con la presidenta de Acción Católica de Mallorca. Se hicieron amigas y ésta última intermedió para que dejaran hacer a Matilde en sus pretensiones, ya que le había tomado cariño.

A cambio, le propuso a Matilde que se bautizara, no lo estaba. El día anterior a que se produjera este acto, Matilde se tiró por la ventana. Esa es la versión que dijeron los fascistas, que se había tirado, pero nadie lo vio. Por tanto, cabe la posibilidad de que la hubiesen podido tirar. Nadie pudo asegurarlo, se trataba de una mujer equilibrada y era difícil que se trastornara, pero, en el último momento, quizás, prefirió la muerte a renunciar a sus principios por los que había luchado y estaba luchando durante toda su vida.

Los lugares del horror; el penal de Valdenoceda y la cárcel de Burgos

EL PENAL DE VALDENOCEDA

El bando franquista creó, mediante la Orden de 5 de julio de 1937 de la Secretaría de Guerra en Burgos, en el “territorio conquistado”, campos de concentración y destacamentos de trabajo. En Burgos se crearon varios y convirtieron a la provincia en un auténtico campo de concentración.

Se formaron grupos de personas que recorrían la geografía española para buscar lugares donde asentar las prisiones. La tipología de los lugares que buscaban era, básicamente, construcción de obra fija, agua corriente, luz eléctrica, clima no muy extremo, medios de comunicación próximos, un río grande para evacuar y un lugar discreto y difícil de escapar. Así se creó el Penal de Valdenoceda, una cárcel para presos políticos.

El pueblo de Valdenoceda se halla a sesenta kilómetros de Burgos. Se llega por la carretera que une la meseta castellana con el País Vasco. En un recodo de esta vía, defendido de los vientos del norte por suaves montañas y por el río Ebro, existe, aún hoy, una lengua de tierra de aproximadamente una hectárea que rodea a una casona de tres pisos.

En sus inicios la adquirió la familia vasca Alday y fue una fábrica de seda artificial. Pero el gobierno del general Franco la convirtió en 1938 en uno de los penales más cruentos del régimen.

Al recinto se accedía por una puerta de madera de dos hojas pintadas de color marrón, situada al sur de la finca. Al traspasarla lo primero que se veía era un pequeño patio de tierra, antesala del edificio principal de tres plantas, de aproximadamente 15 metros de altura y forma rectangular.

En la planta baja se encontraba el comedor, las oficinas, la enfermería y un cuarto con nueve camas, donde dormían los soldados ocupados de la vigilancia diaria.

A los pisos superiores se accedía en un principio por una escalera de madera, que se dejó de usar por su mal estado, reservándose su uso a los funcionarios, guardianes y personal médico del penal. Se construyó otra de cemento por el exterior, con una especie de plataforma en cada descansillo, que servía para pasar revista a los presos.

En el tejado se instaló un gran depósito para recoger el agua del manantial del que se surtía el penal; se usaba tanto para beber, como para fregar, para lavar la ropa y para la higiene de los reclusos.

En 1938 existían en el recinto varias edificaciones utilizadas para guardar material y utensilios de la fábrica de seda que fueron demolidos y en su lugar se construyeron otros que sirvieran a las necesidades del establecimiento penitenciario. Todo ello fue realizado por reclusos, mano de obra barata para el régimen.

Ellos construyeron la tapia de cierre del recinto por el lado de la carretera, adecentaron el edificio principal, levantaron un anexo que sirvió de dormitorio a los soldados, talaron los árboles de la finca, arrancaron los tocones y retiraron los escombros, arreglaron la traída de aguas. En otro extremo realizaron otro edificio más pequeño para guardar los suministros, dos lavaderos y varios cobertizos. Para las necesidades fisiológicas excavaron una gran fosa de dos metros de profundidad y una treintena de largo, paralela al cauce.

La primera planta estaba construida en piedra silicea. Sobre su estructura se levantaba el resto del edificio, a base de vigas de madera de roble, sujetas al suelo por machones. Las paredes eran de adobe recubietro de cal, y la cubierta, a dos aguas y de teja árabe.

Los dos pisos superiores servían de dormitorios. Una treintena de vigas alineadas a lo largo y ancho del piso sostenía el edificio, dejando un espacio libre central que hacía las veces de pasillo. Los camastros y petates se colocaban en hileras ocupando cada preso poco más o menos medio metro.

Al carecer de utensilios para colgar la poca ropa de que disponían, los presos clavaron puntas en las vigas que aún hoy son reconocibles e hicieron las veces de perchas.

Es necesario recordar que a principios de 1939 el penal albergó a más de 1.000 presos, que convivieron en situaciones extremas de salubridad, pasaron hambre, frío, falta de higiene, sufrieron palizas, castigos, robos; en conclusión la vida en este penal fue infrahumana.

Desde las ventanas que daban al norte, protegidas por rejas de hierro, se divisaba el patio, lugar donde se permitía estar a los reclusos durante el día, hiciera frío o calor, lloviera o nevara, salvo para la hora de comer y cenar.

A un lado del patio discurría un cauce de agua utilizada para que dos turbinas generaran electricidad para el penal. Entre este cauce y el río Ebro existía un almacén por debajo de la rasante, que la dirección del penal transformó en celdas de castigo. Al encontrarse bajo el nivel, cuando venían crecidas, el cauce se desbordaba y las aguas arengaban esas celdas.

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