El topo

Cuando lees en el diccionario de la Real Academia la descripción de topo, dice que es un pequeño mamífero insectívoro, de cuerpo rechoncho que abre galerías subterráneas donde vive. Se echa en falta una nueva definición de TOPO y podría definirse así “individuo izquierdista, rojo, que vivió en una habitáculo inmundo -un zulo- durante la Guerra Civil Española y después de la guerra, hasta ser detenido o hasta morir”.

Ésta es la historia de Paulino, nacido en el año 1880, en la localidad cántabra de Maliaño, en el Valle de Camargo. Desde muy joven comenzó a trabajar en el área industrial de Santander. En la huelga de 1917 tomó parte directa y en la represalía es despedido de Altos Hornos al considerarle la patronal uno de los cabecillas de la revuelta. Pero en 1925 le surge un nuevo trabajo, debe trasladarse a Burgos a trabajar en el ferrocarril Santander- Mediterráneo. Deja a su mujer y a sus dos hijos en Santander hasta que finalmente la familia se afinca en la capital castellana cuando Paulino sufre un accidente que le impide seguir trabajando.

En 1926 comienza su actividad política. Se afilia al Partido Socialista y a la Federación Obrera. El accidente sufrido le invalida para trabajar, pero percibe una pequeña pensión de la compañía que le permite desde entonces una dedicación principal por conseguir prestaciones sociales para los obreros. Estas posturas a favor de los trabajadores le fueron reconocidas y valoradas por los dirigentes de las Sociedades Obreras y del Partido Socialista, siendo considerado un hombre honesto, integro, austero, con capacidad para obtener simpatía y reconocimiento de las clases trabajadoras. Las clases retrógadas, por contra, veían en Paulino un activista que captaba obreros para la organización y participaba activamente en actos políticos y culturales en la Casa del Pueblo. Pronto se dieron cuenta de que emergía un nuevo líder. Las luchas internas y desavenencias en las izquierdas no permitían encontrar líderes capaces de desarrollar el trabajo de captación de nuevos militantes. Sin embargo, Paulino disponía de esa energía y empatía.
Su implicación en los sucesos de 1934 en defensa de los derechos de los trabajadores, le supuso varios meses en prisión. Cuando recobró la libertad fue elegido Presidente de la Casa del Pueblo y del Partido Socialista en Burgos.

La tarde del 18 de agosto de 1936, en la radio se escuchan las primeras noticias sobre el Alzamiento, la ejecutiva del Partido Socialista en pleno se reúne en la Casa del Pueblo. Las noticias son preocupantes, y como Paulino había sufrido ya dos encarcelamientos lo estaba pasando muy mal. Ante esta expectativa decide no ir esa noche a su casa y duerme en la de un familiar. Acertó, porque el resto de miembros de la ejecutiva fueron arrestados en sus casas por los piquetes falangistas y a los pocos días ejecutados.

Paulino no se encontraba seguro en casa de su pariente, además no quería involucrarlo. Así, una noche, en complicidad con un taxista conocido, se trasladó a su domicilio, donde los hijos habían habilitado en el desván, entre la pared y la chimenea, un habitáculo de 2×2, donde permaneció escondido hasta su muerte.

No se atrevía a salir de su escondite, todos los días piquetes de falangistas preguntaban por él. Su mujer siempre contestaba lo mismo, Paulino el día 18 marchó a Santander y, desde ahí, pasó a Francia y desde entonces no tenemos noticias suyas.

Paulino vivió entre sobresaltos; por llamadas no convenidas, por la tristeza de no poder salir y departir con la gente, por la amargura de no poder asistir al entierro de su hija, por los sinsabores de ver cómo encarcelaban a uno de sus hijos, por el temor a ponerse enfermo, por ver como la Guardia Civil se presentaba en casa para cumplimentar el expediente de Responsabilidades Políticas y le incautaban todos los bienes (6.635 pesetas). Aún así, también disfrutó de buenos días, aquellos en los que podía comprobar cómo sus hijos salían adelante, se casaban y le hacían abuelo.

Sin salir a la calle, viviendo en constante alarma, entre la agonía y el horror transcurren nueve años de su vida. A veces le asaltaba la idea de entregarse, pero la familia le aconsejaba que no lo hiciera. Todos los compañeros habían sido eliminados y, si se entregaba, su suerte sería idéntica. Era mejor dejar pasar el tiempo y que se olvidaran. Tras nueve años escondido, el 5 de diciembre de 1945 su corazón no resistió y Paulino falleció a consecuencia de una trombosis.

Es difícil saber si esta actitud es de cobardes o de valientes. Lo que es, sin duda, una acción de supervivencia. Los rojos en esos años solo tenían tres opciones, entregarse y ser fusilado, huir o esconderse. Unos pocos decidieron esto último, entre ellos, Paulino.
Descanse en paz.

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Protocolo de muerte

Hoy ha caído en mis manos un documento fechado en agosto de 1936 firmado por el gobernador civil, General Dávila, donde figuraban 20 nombres de personas que fueron fusiladas y sus cuerpos depositados en algún lugar desconocido de la provincia de Burgos. Me he preguntado si sería verdad aquello que una persona me comentó sobre la manera en que se elaboraban estas listas fatídicas en una ciudad castellana donde no hubo guerra y, sin embargo, ocurrieron más de 3.000 fusilamientos.

Un comercio que existía en la Plaza Mayor de Burgos en los tres años que duró la Guerra Civil nunca cerró antes las siete de la tarde. Se echaba el cierre hasta la mitad, aquellos cierres de hierro ondulado que el dependiente de turno, ayudado de un palo con un gancho en la punta, lograba coger por la argolla y bajarlo hasta una altura donde ya podía hacerlo con sus propios brazos, y dentro quedaba el dueño -un terrateniente rico-, que, además del comercio, poseía varios inmuebles y fincas. Además había sido concejal en varios mandatos. Poco a poco iban llegando; un representante del gobierno, el fiscal de la Audiencia, un catedrático de instituto, el jefe de Falange de la ciudad y un militar enviado por Capitanía. Entre los seis elaboraban la lista de los que al día siguiente o, incluso esa misma noche, iban a ser paseados.

Reunidos los seis comentaban cómo transcurría la contienda y preguntaban ¿a cuántos fusilaron ayer los rojos en Madrid? El representante del Gobierno daba una cifra e, inmediatamente, alguno de los reunidos indicaba el incremento en el número de los enemigos rojos que debían de ser fusilados. El representante del Gobierno sacaba una hoja donde llevaba escrito una serie de nombres que comenzaba a leer. La mayoría de las veces nadie expresaba una opinión contraria hacía los nombres que se proponían. En contadas ocasiones ocurría que alguno de los presentes se oponía porque conocía a la persona o, simplemente, porque el detenido debía un traje al comerciante y, si estaba en la lista, nunca se lo abonaría.

Terminada la velada cada personaje se dirigía a sus menesteres, uno con la lista al Gobierno Civil para pasarla a máquina, redactar el oficio que debía firmar el gobernador y, rápidamente, dirigirse al penal donde el funcionario de turno estamparía una cruz al lado de cada nombre, corroborando así su existencia en el centro penitenciario. El resto de los componentes se evadiría en alguna partida de naipes que tenían lugar en el Salón de Recreo o en el Casino, a la espera del día siguiente que repetirían idéntico protocolo de muerte.  

 

FOTO: Ayuntamiento de Burgos

En la guerra pierden todos (II)

Otro de los episodios crueles que produjo la Guerra Civil está relacionado con una familia del bando perdedor, la familia Martínez Palacios. Circunstancias de la vida hicieron que mis padres tuvieran que cambiar de domicilio y del barrio de San Pedro Cardeña  nos fuéramos a vivir al barrio de Los Vadillos. En esos tiempos los chicos hacíamos la vida prácticamente en la calle, apenas existían coches y disponíamos de espacio suficiente para jugar. La causalidad o el destino me llevó a trabar una buena amistad con Julito, un año mayor que yo, pero en esos tiempos apenas existía diferencia en cuanto a estatura, corpulencia; éramos muy parecidos.

En esta relación de chavales me llamó la atención que Julito sí subía a mi casa, pero yo nunca entraba en la suya. Cuando iba a buscarle, salía su madre, una mujer que me parecía mayor, con el pelo blanco, vestida de negro, calzando zapatillas del mismo color y que apenas me dirigía la palabra. Nunca me invitaba a pasar, esperaba pacientemente en la puerta a que saliera Julito. A esta mujer en las tiendas, en las conversaciones del barrio, siempre le llamaban doña Mercedes. Me extrañaba tal tratamiento porque a mi madre, por cierto del mismo nombre, nunca le otorgaban este tratamiento.

También me llamaba la atención que Julito nunca nombrara a su padre. Pregunté a mis padres si sabían algo de la familia de mi amigo, solo obtuve silencio y evasivas a mis preguntas infantiles. Nos hicimos mayores, yo salí a estudiar y Julito se puso a trabajar de dependiente en una droguería de la Plaza Mayor en Burgos. En su casa necesitaban el dinero. Nos distanciamos, pero seguimos manteniendo una buena amistad. Cuando venía de vacaciones me pasaba a charlar un rato con él. Uno de esos días me invitó a su casa, me extrañé, nunca hasta ese momento lo había hecho. Me pasó a un cuarto, con escasa luz, con las persianas entornadas, observe en un lado de la habitación un piano reluciente, una mesa de escritorio donde se podía ver una pluma estilográfica y una pipa de marfil, un armario con las puertas de cristal. Julito abrió el armario y sacó una de carpeta de cartón, desató cuidadosamente los lazos que la cerraban y me dijo. “Este era el despacho de mi tío Antonio José, un músico de fama mundial, director del Orfeón Burgalés; un artista y compositor muy querido y apreciado por todo el mundo. En esas carpetas se encuentra su obra musical”.

Aún recuerdo su olor a papel antiguo y las notas musicales sobre el papel y que no entendía. Aquel cuarto me impactó, algo sublime flotaba en el ambiente, todo estaba limpio, inmaculado, parecía que nadie había entrado en este aposento en años. Entonces le pregunté sobre dónde se encontraba tu tío, e, instintivamente, le pregunté también por su padre. Julito me miró incrédulo, “¿de verdad que no lo sabes? Están muertos, fueron fusilados en el año 1936”, me respondió.

Ahora entendía los silencios y las evasivas de mis padres, nadie en esa época se atrevía hablar de lo sucedido a un buen número de personas, en un principio fueron encarceladas y, posteriormente, sin ningún juicio, las asesinaron vilmente.

No me resigne con las palabras de Julito y decidí investigar por mi cuenta lo que les había sucedido a su padre y a su tío. Antonio José fue detenido en su propio domicilio por falangistas el 6 de agosto, por orden del gobernador civil, el general Dávila. Estuvo detenido durante 40 días en el penal. Durante este tiempo escribió varias cartas a su amiga Consuelo Mediavilla; en las mismas se quejaba de que nadie le diese una respuesta de porque lo habían detenido. Unos días antes de ser fusilado recibió una carta anónima firmada bajo el seudónimo Un Legionario de España. Entre líneas se podía leer una velada amenaza “porque la verdad, después de haber perdido España, a Benavente, los Quintero, Muñoz Seca, Ricardo Zamora y Gómez Ulla, hombres de fama mundial en sus especialidades respectivas, un musiquillo más o menos no importa mucho a un nuevo país que está forjando, sobre todo cuanto Ud. es de las tenebrosas y canallescas filas judío –marxista” .

Era más que una amenaza, era el preámbulo de una muerte anunciada. Ante esta misiva, varias personas amigas de Antonio José, de reconocida vinculación con la derecha conservadora, intercedieron ante el jefe local de Falange y alcalde de Burgos, Martínez Mata; y ante el general Dávila, que había cesado del cargo de gobernador y ostentaba el mando del ejército del norte y miembro de la Junta de Defensa Nacional. Sin embargo, no quisieron interceder en su favor. El  6 de octubre, junto con otros burgaleses, fue fusilado y enterrado en una fosa común en el monte de Estepar (Burgos).

Julio Martínez Palacios, padre de Julito, era maestro nacional destinado en el pueblo burgalés de Pradoluengo. Es detenido un día después, el 7 de agosto. Un grupo de falangistas se personaron en el Diario de Burgos, donde Julio se encontraba, ya que colaboraba, en los periodos veraniegos, escribiendo artículos. Lo trasladaron al penal por orden del gobernador civil. El 12 de octubre, junto con otros 24 reclusos, acabaron con sus vidas, fusilados en algún paraje desconocido y enterrados en una fosa común.

En las famosas y tristes sacas perecieron miles de personas. Así se cumplían las instrucciones del general Mola a un grupo de alcaldes con los que se había reunido en Pamplona el 19 de julio. “Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación. Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”.

Foto: LasMerindadesEnLaMemoria

En la guerra pierden todos (I)

El tiempo tardará en olvidar la transcendencia que existió entre los contendientes de la Guerra Civil. Algunos estudiosos fechan en 100 años el tiempo que transcurrirá para olvidar lo que sucedió. Han desaparecido los protagonistas, pero siempre existirá un nieto, un hijo, un familiar, un estudioso que recordará algún suceso de los muchos que  tuvieron lugar durante los tres años que duró la contienda y los más de 20 de represión dura y contumaz propiciada por el régimen franquista. En esta clase de guerras la violencia fuera de los frentes, en muchas ocasiones se debió a venganzas, envidias y rencores. Los episodios que relato serán despiadados. Recordar para no repetir, en eso consiste lo que hemos llamado memoria histórica.

Los relatos de este comentario se refieren a familias que sufrieron en sus carnes lo despiadado de una contienda civil, no solamente lo sufrieron en el bando perdedor, también en el ganador, y, en ocasiones, familias que nada tuvieron que ver en la contienda.

El día que cumplí 12 años se presentó en casa el señor Heliodoro, lo normal era que nosotros fuéramos a la suya. Era todo un personaje, propietario de la fábrica de galletas conocida como Galletas Arconada. Me sorprendió que me regalara un cinturón de cuero con una enorme hebilla con el yugo y las flechas grabadas. Me lo entrego y me dijo, este es el cinturón que mi hijo llevaba el día que lo mataron y quisiera que tú, como su ahijado lo guardes. Entonces ni siquiera conocía que el señor Heliodoro tuviera un hijo y además fuera mi padrino de bautismo, nunca nadie me lo había dicho. Pregunté a mis padres y me contaron la historia. Don Heliodoro tenía un único hijo en quien tenía depositadas sus esperanzas para que continuara con el negocio; quería que estudiara comercio. Sorprendentemente el 19 de julio de 1936 le dijo a su padre que se había enrolado en una sección de Falange y se marchaba al día siguiente a combatir al enemigo de la religión y de los principios seculares al frente de Somosierra. Aquella decisión fue un mazazo para la familia que no entendía como un muchacho de 17 años podía dejar a su familia, rechazar su vida e irse a combatir. Nunca tuvieron noticias de que estuviera adoctrinado hasta ese punto.

Todo sucedió muy rápido, a los tres días de su partida, una persona fue a la fábrica y le comunicó que su hijo había muerto como un héroe. Don Heliodoro nunca entendió que perteneciera a Falange, fuese adoctrinado de tal manera y participase en una guerra que no comprendía. Nunca se recuperó de la pérdida de su único hijo.

FOTO: lagraneepoca.com