Matilde Landa, una “abogada” en las cárceles franquistas

El artículo que abre el blog “Yo fui presa de Franco”, tras un cierto parón veraniego, está dedicado a Matilde Landa, una de las mujeres que lucharon por mantener la dignidad -suya y de sus compañeras- en las cárceles franquistas.

Matilde era una mujer inteligente, fue condenada a muerte, el fiscal no solicitaba esta pena por haber matado, sino que era una acusación política por su participación en la organización Socorro Rojo. Matilde fue una de las figuras más importante que pasaron por las cárceles franquistas. Era licenciada e hija de un abogado y, al poco de entrar en prisión, se le ocurrió la idea de instalar una oficina para ayudar a las presas condenadas a muerte, ya que muchas, al ser analfabetas, desconocían el modo de defenderse o buscar avales.  El director accedió a que dispusiera de una celda a modo de oficina y le proporcionó una máquina de escribir. Cada vez que llegaba una condenada a muerte, Matilde hablaba con ella, le explicaba el caso, las razones por las que le habían condenado o cuáles eran las acusaciones. De esta manera, las mujeres e sentían apoyadas por alguien que entendía y las defendía; la adoraban. Era un trabajo apasionante que duró poco. Al comprobar el éxito de la oficina, Matilde fue trasladada a Palma de Mallorca.

Sin conocer bien las causas fue considerada una enemigo terrible, la trasladaron en avión a Palma. Nunca se había procedido de esta forma con reclusa alguna. Una vez en Mallorca intentaron un acercamiento, tenerla como a un igual, pero manteniendo las distancias. Matilde aceptó el juego, pero ese juego entre una reclusa y el régimen resultaba muy peligroso. Con los fascistas no existía término medio; o te ponías enfrente o a su lado. Matilde no quería ninguna de estas dos opciones, quería estar de igual a igual, pero no surtió el efecto que Matilde esperaba y terminó por morir en la cárcel.

Existe otra versión en la que se cuenta que mantuvo una estrecha relación con la presidenta de Acción Católica de Mallorca. Se hicieron amigas y ésta última intermedió para que dejaran hacer a Matilde en sus pretensiones, ya que le había tomado cariño.

A cambio, le propuso a Matilde que se bautizara, no lo estaba. El día anterior a que se produjera este acto, Matilde se tiró por la ventana. Esa es la versión que dijeron los fascistas, que se había tirado, pero nadie lo vio. Por tanto, cabe la posibilidad de que la hubiesen podido tirar. Nadie pudo asegurarlo, se trataba de una mujer equilibrada y era difícil que se trastornara, pero, en el último momento, quizás, prefirió la muerte a renunciar a sus principios por los que había luchado y estaba luchando durante toda su vida.

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La familia Ramiro-Bretón

Este artículo está dedicado a una familia de Burgos; muy conocida en aquel momento en la ciudad. Se trata de la familia Ramiro-Bretón. Estas líneas quieren ser un profundo homenaje a un burgalés, a su mujer y a sus hijos; Todos ellos sufrieron los horrores del golpe militar. Residían en Burgos desde el año 1917. Tras los sucesos acaecidos ese año en España, se marcharon de Madrid, fijando la residencia en la ciudad castellana.

Él era muy mañoso y montó un pequeño taller dedicado al arreglo y componenda de calzado en los bajos de su domicilio, sito en la calle Avellanos. Al poco tiempo, dado su temperamento y su buen hacer, lo conocía toda la población y, aunque se llamaba Félix Ramiro, la mayoría del pueblo, quizás por su corta estatura, lo apodaba “zapaterín”. Su mujer era Cayetana Bretón Álvarez. El matrimonio tenía tres hijas y un hijo.

Se ganaban la vida honradamente, eran muy conocidos, no solo en el barrio, sino en círculos progresistas de la ciudad y entre muchos agricultores que llevaban a su taller los arreglos de sus calzados.

Era una familia muy apreciada y considerada, las gentes menos pudientes sabían que en aquella casa siempre tenían una taza de buen caldo o un pedazo de pan. Por otra parte, las mujeres que venían de los pueblos a vender sus productos agrícolas a la capital conocían que, si les quedaba mercancía sin vender, Cayetana se encargaba de colocarla, bien en su propia casa o entre conocidos.

Félix se consideraba un hombre de izquierdas y republicano, no lo negaba ni lo ocultaba, siempre mostraba una actitud crítica contra las injusticias y no tenía ningún reparo en denunciar aquello que consideraba injusto. Esta forma de actuar le produjo serios disgustos y más de un enfrentamiento con gentes de derechas. Nunca se lo perdonaron, nada más producirse el alzamiento, una de las primeras actuaciones de los militares rebeldes fue hacer prisioneros a todos los burgaleses considerados personas de ideología izquierdista o progresista.

El 20 de julio, Félix fue detenido y dos días después, sin celebrarse juicio, lo fusilaron.

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Nunca olvidar

Esta es la historia de Anastasia, una mujer presa en una de las muchas cárceles que tuvo el régimen franquista. Su nombre, igual que el de otras muchas mujeres presas, no será olvidado, aunque sí intentó ser omitido.

Era madrileña, delgada, pelo moreno y rizado, la faltaban varias piezas dentales. No sabía leer ni escribir, casada con un albañil. Tenía seis hijos. Detuvieron al marido y después a ella, dejando a los seis hijos abandonados en un Madrid enloquecido y aterrorizado, donde las detenciones se contaban por millares, y las checas y comisarias por decenas. A cualquiera en esos días, después de finalizada la guerra, se le consideraba sospechoso. Todo el mundo era rojo, en tanto no se pudieran presentar pruebas de ser un fascista desde hacía mucho tiempo.

El juicio sumarísimo de urgencia a que fue sometido el matrimonio, se resolvió con la sentencia para ambos a la máxima pena. El hombre fue fusilado, mientras que a Anastasia le conmutaron la pena por 30 años de reclusión. La encerraron en la cárcel de Las Ventas, desde donde intentó conocer el paradero de sus seis hijos. Los rumores les situaban en el Auxilio Social;  se los habían llevado. A los pocos meses la trasladaron a la prisión de Saturrarán y perdió toda esperanza de comunicarse con ellos. Pasó diez largos años con el dolor de no saber nada. Cuando llegaba el día de la Merced y se permitían las visitas con niños, se vislumbraba en sus ojos una sensación de angustia, de tristeza, ya que jamás fueron los suyos…

Su rostro era el rostro de aquellas jóvenes mujeres que nunca debemos olvidar. Como no recordar a las compañeras que cantaban en las interminables horas de duro trabajo a  que estaban sometidas y lo realizaban a pesar del frío y el hambre. Como olvidarse de las que preparaban y realizaban una representación donde se improvisaba todo; trajes, música, diálogos. O de las mujeres que narraban como habían sido detenidas, como las cortaban el pelo y las paseaban entre la multitud como animales de feria. Como no escuchar a esas valientes que guardaron silencio y fueron torturadas salvajemente antes de delatar a una compañera. Como poder obviar el hambre, el frío, las palizas que hicieron perder la salud de forma que en algunos casos nunca llegaron a recuperarse. Como no intentar explicar ese sentimiento de pánico durante las noches, el silencio de tumba que se creaba cuando se conocía que esa noche se produciría una saca. Como no recordar los traslados de unas cárceles a otras, los sueños rotos, la falta de medicamentos, el recobrar la libertad y no conocer a la familia que te  recogería en tu destierro si alguna se dignaba a ello. Como no contar todas las horas difíciles y amargas pasadas en prisión, los hacinamientos, los juicios sumarísimos, la incomunicación.

Como olvidarse de aquellas mujeres que venían del juicio y les preguntaban con dolor ¿os ha caído la Pepa?, con esta palabra se conocía en la prisión a la condena a muerte. A Anastasia le  conmutaron la pena, pero la enterraron en vida al no saber de sus hijos. Aunque se diga miles de veces, aunque se intente contar de la mejor manera posible, nunca se comprenderá lo que sucedió si no se estuvo en la cárcel. La narrativa nos puede dar una idea, pero nunca nos acercara del todo al ambiente carcelario. Ver a compañeras, llenas de vida, alegres, como las llamaban, y se despedían, porque sabían que al día siguiente ya no vivirían. Jamás se podrán olvidar los ojos de las mujeres que iban a ser fusiladas; eran unos ojos de diferente color al suyo, tenían una expresión especial. Estas y otras muchas situaciones vividas durante los largos y penosos años de cautiverio no se podrán olvidar. Solo resta hacerse una pregunta ¿mereció la pena?

Yo voté en el 31 y casi no me dejan

Durante los años en los que la República estuvo dirigiendo los destinos de España, se vivió una verdadera modernidad, no conocida hasta entonces. Sin embargo, aquella experiencia republicana finalizaría con la muerte y encarcelamiento de miles de españoles y españolas, dejando paso a un oscuro y siniestro periodo dictatorial bajo el mando del general rebelde y golpista, Francisco Franco.

No vamos a recordar hoy este periodo nefasto para España; vamos a hablar de cómo España el 8 de diciembre de 1931 se acostaba injusta y retrógrada y se levantaba justa y progresista al aprobar las Cortes una nueva Constitución que, entre otras novedades, preveía el derecho de las mujeres a ejercer el Sufragio Universal.  Por 161 votos a favor y 121 en contra quedó aprobado el controvertido artículo 36 que decía:

“Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismo derechos electorales conforme determinen las leyes”.

Las mujeres hasta entonces no participaban ni en la cultura, ni en la economía, ni en la sociedad.  Su misión consistía en permanecer en el hogar y, si alguna trabajaba, normalmente se producía una división sexual y clasista. Poco a poco, en un proceso gradual, aunque lento, las mujeres comenzaron a hacerse oír. Además, el desarrollo inicial del movimiento obrero fue posibilitando la integración femenina en las asociaciones de clase y su incorporación al mundo del trabajo, haciéndolas partícipes de las reivindicaciones laborales.

Con el derecho a voto para las mujeres, en los Comicios de junio de 1931 resultaron elegidas diputadas por el Partido Radical, Clara Campoamor, y por la Izquierda Republicana, Victoria Kent. Por primera vez en la historia dos mujeres se sentaban en los escaños del Parlamento de la Carrera de San Jerónimo.

Una vez elegido el primer Gobierno Republicano, éste elaboró un anteproyecto de Constitución. En el mismo solamente se contemplaba otorgar el derecho a voto a mujeres viudas o solteras. Incluso los diputados pertenecientes al grupo de republicanos de izquierdas ni siquiera aceptaron esta propuesta, esgrimiendo argumentos tan peregrinos como que “la mujer no era reflexiva, carecía de espíritu crítico y su histerismo conocido era fruto, no de una enfermedad, sino que era una cosa innata a su propia estructura”.

También hubo diputados que expusieron la necesidad de conceder el derecho a voto a mujeres mayores de 45 años, porque “al sufrir trastornos hormonales, era deficiente su voluntad e inteligencia hasta no cumplir dicha edad”.

La diputada Clara Campoamor defendió en las Cortes que los derechos de las mujeres no se podían ni posponer, ni discutir; y exigió la igualdad para las mujeres. Sus argumentos obtuvieron la victoria, pero la concesión del derecho al voto a las mujeres no fue sinónimo de igualdad –ahora tampoco lo es- . Pocas fueron las mujeres que se atrevieron a incorporarse a la vida política, pero algunas sí lo hicieron y consiguieron su acta de diputada: María Legarreta, Matilde de la Torre, Dolores Ibárruri, Veneranda García Manzano, Julia Álvarez, Emilia Elías y Encarnación Fuyola.

 

FOTO: elcorreo.com

Madres

“A mí lo que me da pena– decía Sebastiana a Natalia Quecedo- es que muchas de las cosas que nos están pasando resultarán incompletas, porque el paso del tiempo hará que no se acuerden de ellas”.

Sebastiana es una de las 151 reclusas que estuvo presa en la cárcel de Burgos.

 “¿Recordarán con el tiempo a los miles y miles de personas que estamos presas, a las que han sido fusiladas, a los miles que han tenido que exiliarse, a los represaliados y, sobre todo, recordarán a vuestros hijos y lo mal que lo están y estarán pasando. Nos recordarán como personas que luchamos por la libertad y la democracia o nos dejarán en el olvido?”, se preguntaba Sebastiana día tras días.

“Solo sé Natalia, -continuaba Sebastiana- que en España en esta época no se hizo ninguna discriminación cuando se detenía a una mujer. Corrimos y sufrimos los mismos riesgos que los hombres de la familia que se encuentran detenidos, exilados o que han sido fusilados. Únicamente quedaron en las casas las mujeres mayores y los niños; y ¿qué podían hacer?, sin ayuda, sin dinero, sin hacienda y, en muchos casos, sin vivienda”, sentenciaba.

Y los niños pequeños, presos junto a sus madres. Muchos encontraron la muerte en las cárceles. Sebastiana relata en “Yo fui presa de Franco”  las penurias que padecieron los niños y niñas en las prisiones franquistas. Ella conocía esta realidad, porque muchas de sus compañeras presas tenían a sus hijos con ellas en la prisión: “Aún resulta peor lo que sucede con los niños o niñas menores de tres años; el régimen franquista permitió a las madres llevarlos con ellas a prisión. Esta situación presentaba, simplemente, una tragedia. Pasar hambre es duro, carecer de lo más necesario y de la falta de libertad, también. Pero ver a los hijos hambrientos, enfermos, y carecer de medios para curarlos, representa lo más cruel de encontrarnos encarceladas. Las madres que conozco con hijos en este infierno están agotadas, famélicas, carecen de leche materna para criarlos, sin comida para alimentarlos, sin agua para lavarlos, postrados inertes en miserables petates, sin ropa, llorando desconsolados por hambre. Sin duda, estas madres son las que más sufren en prisión. Un simple catarro, una colitis, una infección, o el calor del verano, es para ellos enfermar y morir. Empezaba un clamor ronco y confuso de uno y a continuación el de otro y así día tras día, sin poder hacer nada por salvarlos. Pero todas las mujeres que tenéis hijos, nada más pensar que quedarán abandonados en el pueblo, en la ciudad o en la calle, sin amparo, ni cuidado, la situación os resulta todavía más triste y abrumadora”.

Los casos de niños y niñas que se vieron abocados a sufrir estas circunstancias resultaron patéticos. Unas mujeres, por no saber con quién dejarlos, sus familiares carecen de medios o se encontraban presos o exilados. Y, otras, porque sabían que quedarían abandonados a su suerte, sin padre, ni madre a quien acudir, decidieron llevárselos a la prisión.

Las autoridades franquistas permitían que continuasen junto a sus madres hasta cumplir los tres años. Luego se los llevaban a un asilo y ya no los volvían a ver jamás. En el hospicio, según sabemos, los trataban muy mal. Aunque, generalmente, por lo que conocemos, morían en prisión antes de alcanzar los tres años. Los niños que lograban sobrevivir eran dados en adopción o, simplemente, trabajaban para las corporaciones del Regimen de ordenanzas, aunque la gran mayoría quedaban abandonados a su suerte en cuanto cumplían los 16 años.

Las calamidades pasadas en cautiverio por los presos del franquismo, sin duda, fueron muchas, pero especialmente duro tuvo que ser el sufrimiento que padecieron las mujeres presas que tuvieron con ellas en las cárceles a sus hijos menores de tres años.

Este artículo es un homenaje a todas las madres encarceladas durante el franquismo y, también, pretende dar respuesta a las preguntas de Sebastiana. Intentamos que la historia de los miles de presos y presas no quede en el olvido. Intentamos contarlo con el mayor detalle e intentamos ser escrupulosamente cercanos a la realidad.

Muchas son las trabas que nos encontramos, pero nosotros los seguiremos intentando. Por Sebastiana.

Foto: La Memoria Viva

 

 

En recuerdo

En este blog resulta obligado exponer, para recuerdo de sus familiares, la procedencia de cada una de las presas de Burgos y provincia que fueron encarceladas en la prisión Central de Burgos. 151 mujeres presas de 37 localidades burgalesas.

BURGOS:  Cayetana Bretón Álvarez, Elena Ramiro Bretón, Carmen Pérez Balbas,  Soledad Arnáiz Arroyo, Fidela Barrio Duque , María Cruz Barrio Duque y Natalia Barrio Duque, María Paz Abad Bernal, María Salinero Olmedo,Valentina Moreno Marcos, Pilar Lavín Hidalgo, Marina Lavín Hidalgo,  Beatriz Aranzana Ramos, Dolores Marín,Donata Marrón  Andrés,  Lorenza Toledano Arenas,  Juana Aguilera Illana.

CASTROMORCA (Partido Judicial de Villadiego):  Sergia Izquierdo García.

MIRANDA DE EBRO: Rosario Martínez García, Luisa Saíz Mazo, Paulina Martínez Unceta, Judit Porres, Fermina Arcauto, Julia Zuazo,  Dolores Portillo, Natalia Quecedo Barcina, Carmen Fernández Tamayo, Nieves Corral Lasa, Inés Hérranz Ruiz, Carmen del Val Cantera, Pilar Acevedo Ezcurra y Clara Hernández.

TERMINÓN (La Bureba): Sebastiana Alonso Tortajada.

SASAMÓN:  Matilde Pérez García.

PALACIOS DE LA SIERRA:  Mercedes Chicote Alonso.

VILLAQUIRÁN DE LOS INFANTES:  Dionisia Arroyo Alonso.

OÑA:  Teopista Bárcena Alonso Linaje (residente en Medina de Pomar).

MEDINA DE POMAR:  Teopista Gallaga Bárcena,  Patrocinio Corrales,  Dolores Solsona Terés.

YUDEGO: Segunda Santamaría,  Emilia Velasco Santamaría.

SONCILLO: Pilar Hidalgo Díaz,  Ángela López Villasante.

NOCEDO: Dolores Martínez Pereda.

ARIJA:  Hilaria García Ruiz,  Pilar Iglesias Sainz, Serafina Montejo Gómez,  Piedad Saiz Iglesias, Máxima  Saiz Iglesias,  Carolina Rivero Gil,  Concepción Gutiérrez Ayala, Claudia Balín Blanco, Irene García Ruiz, María Paz Alonso Ortega, Emilia Gutiérrez Vigo, María Mediavilla Fernández, Avelina Terradillos Mata,  Isabel Vigo Guadalupe, Laura Alonso, Basilisa Salcedo Sedano, Felicitas Montes Montes, María Ayala Jordé, Escolástica Serna Díaz.

MONTEJO DE BRICIA: Agustina Peña Martínez (residente en Arija),  Antonia López Gómez.

ESPINOSA DE LOS MONTEROS: Amelia Baranda Fernández,  Benilde Gutiérrez Fernández,  Clementina Riaño Mediavilla, Apolonaria Gutiérrez Solana,  Carmen Fernández Ortiz.

OLMEDILLO DE ROA: Benilde Cavia Valenciano (residente en Burgos).

QUINTANILLA DE LA MATA: Resurrección Rodríguez Rodríguez, Ifigenia Núñez Serrano, Cecilia Barbero Nebreda, Agapita Catalán Santillán, y Benita Labrador Angulo.

VILLAMAYOR DE LOS MONTES: Concepción Delgado Haro,  Celina Santillán,  Petra Catalán.

SEDANO: Josefa Canal Bueno, Emilia y Amalia Díez Díez, Rosaura Santamaría Vicario, Filomena Peña Sáez, Inés Múñoz Muñoz, Anatolia Muñoz Peña, Teresa Fernández Hidalgo, Guillerma Gómez Gómez, Otiliana Rodríguez Rámila, Feliciana Ruiz García, Margarita Rodríguez Rodrigo y Eutiquia Canduela Millán.

BELORADO: Eugenia Corral Fontecha.

LOS BALBASES:  Nicéfora Rodríguez Fernández.

PAMPLIEGA: Modesta Fernández Santamaría.

QUINTANILLA DEL AGUA:  Rufina Lozano Camarero.

ROZAS ( Merindad de Valdeporres):  Felipa Sainz Sainz,  Isabel Gómez Varona, Leonor Sainz Peña y Antonina López Peña.

BÁRCENAS DE ESPINOSA: Pilar Llarena González.

HONTANGAS: Bonifacia Bajo Pascual.

SARGENTES DE LA LORA: Josefina Gallo Canal.

SANTA CRUZ DEL VALLE URBIÓN: Fernanda Garachana Alonso.

VILLADIEGO: Clementina Riaño Mediavilla, Mercedes Somavilla Martín.

CEREZO DE RIOTIRÓN: Clementina Pozo Ezquerro, Florentina Rodríguez Pozo, Anacleta Riaño Ansorena.

ARANDA DE DUERO:  Ezequiela García Gómez,  Cándida Gil Perdiguero, Evarista Arauzo Miguel y Ángeles Rodríguez Berrojo.

ROA: Filomena Benito Meneses.

BRIVIESCA: Avelina Peña Martín.

CALERUEGA: Inocencia Aragón.

COVARRUBIAS: Honorata Cámara,  Julia Merino Beltrán.

TORRECILLA DEL MONTE: Manuela Tomé Tomé.

VILLASANDINO: Ramona Esteban Gutiérrez

Maestras Pasionarias

En la cárcel de Burgos fueron internadas varias maestras a las que apodaban, por rebeldes, “Pasionarias”. Todas las mujeres sufrieron en la prisión, pero las educadoras más que ninguna, porque, además, cuando consiguieron la libertad resultó casi peor. No las permitieron ejercer y la represalia se mantuvo feroz. Fueron apresadas, vilipendiadas, desprovistas del título, exiliadas y, muchas, fusiladas después de múltiples castigos y dolor.

Debería tener un reconocimiento a su labor, porque durante los pocos años que pudieron ejercer su trabajo, enseñaron a los niños y niñas a convertirse en personas de provecho, pero inculcándoles valores e ideas para enfrentarse a una vida distinta a la que hasta entonces habían llevado sus padres, por lo general, analfabetos ante la falta de estudios y de una formación. Ante esta carencia de formación, las clases pudientes acabaron convirtiéndoles en meros siervos. La labor de las maestras consistió en intentar sacar de esa ignorancia y de ese servilismo a aquellas nuevas generaciones. Abrir la mente, donde empieza la liberación.

Las Pasionarias burgalesas se llamaban Sebastiana Alonso Tortajada, detenida con 22 años en Terminón mientras pasaba las vacaciones de verano. Era maestra en Pontevedra.  Fue condenada a la última pena, conmutada meses después por la cadena perpetua.

Esther Martínez Calvo, natural  de Logroño, ejercía de profesora en el pueblo burgalés de Salas de los Infantes. Su pena fue de seis años de cárcel.

Matilde Pérez García nació de Sasamón, donde también era maestra hasta que la detuvieron el 27 de julio de 1936 y fue condenada a 15 años de reclusión mayor.

Valentina María del Pilar López de Venganzones, maestra en Medina de Pomar, tenía 29 años cuando fue detenida y condenada a seis años y medio de cárcel. Estaba casada y era madre de un niño. A su marido lo fusilaron y ella, cuando fue puesta en libertad, malvivió para sacar a su hijo adelante.

Mercedes Chicote Alonso, natural de Palacios de la Sierra y educadora en Roa de Duero. Fue condenada a 30 años de reclusión mayor.

Dionisia Arroyo Alonso, nació en Villaquiran, pero era maestra en Gijón al sacar plaza para el colegio público de Jovellanos. Fue condenada a 12 años de cárcel.

Todas obtuvieron la libertad provisional pasados unos años y todas fueron inhabilitadas para siempre para poder ejercer su profesión. La mayoría tuvo que ponerse a servir para vivir.

Sus vidas se diferenciaban mucho de la vida de la verdadera Pasionaria, Dolores  Ibárruri.  Ella era una activa militante, mientras que estas mujeres no militaban ni en partidos políticos, ni en agrupaciones de mujeres antifascistas. Eso sí, eran jóvenes que creían en la libertad, odiaban las dictaduras, luchaban por la solidaridad, querían un nuevo mundo en el que desaparecieran las clases sociales y todos y todas pudiesen expresarse libremente. Un mundo en el que hubiese trabajo, un jornal suficiente para que los obreros pudiesen vivir dignamente y en el que las mujeres pudieran tener idénticas oportunidades que los hombres.

Foto: Lamarea.com