En la guerra pierden todos (II)

Otro de los episodios crueles que produjo la Guerra Civil está relacionado con una familia del bando perdedor, la familia Martínez Palacios. Circunstancias de la vida hicieron que mis padres tuvieran que cambiar de domicilio y del barrio de San Pedro Cardeña  nos fuéramos a vivir al barrio de Los Vadillos. En esos tiempos los chicos hacíamos la vida prácticamente en la calle, apenas existían coches y disponíamos de espacio suficiente para jugar. La causalidad o el destino me llevó a trabar una buena amistad con Julito, un año mayor que yo, pero en esos tiempos apenas existía diferencia en cuanto a estatura, corpulencia; éramos muy parecidos.

En esta relación de chavales me llamó la atención que Julito sí subía a mi casa, pero yo nunca entraba en la suya. Cuando iba a buscarle, salía su madre, una mujer que me parecía mayor, con el pelo blanco, vestida de negro, calzando zapatillas del mismo color y que apenas me dirigía la palabra. Nunca me invitaba a pasar, esperaba pacientemente en la puerta a que saliera Julito. A esta mujer en las tiendas, en las conversaciones del barrio, siempre le llamaban doña Mercedes. Me extrañaba tal tratamiento porque a mi madre, por cierto del mismo nombre, nunca le otorgaban este tratamiento.

También me llamaba la atención que Julito nunca nombrara a su padre. Pregunté a mis padres si sabían algo de la familia de mi amigo, solo obtuve silencio y evasivas a mis preguntas infantiles. Nos hicimos mayores, yo salí a estudiar y Julito se puso a trabajar de dependiente en una droguería de la Plaza Mayor en Burgos. En su casa necesitaban el dinero. Nos distanciamos, pero seguimos manteniendo una buena amistad. Cuando venía de vacaciones me pasaba a charlar un rato con él. Uno de esos días me invitó a su casa, me extrañé, nunca hasta ese momento lo había hecho. Me pasó a un cuarto, con escasa luz, con las persianas entornadas, observe en un lado de la habitación un piano reluciente, una mesa de escritorio donde se podía ver una pluma estilográfica y una pipa de marfil, un armario con las puertas de cristal. Julito abrió el armario y sacó una de carpeta de cartón, desató cuidadosamente los lazos que la cerraban y me dijo. “Este era el despacho de mi tío Antonio José, un músico de fama mundial, director del Orfeón Burgalés; un artista y compositor muy querido y apreciado por todo el mundo. En esas carpetas se encuentra su obra musical”.

Aún recuerdo su olor a papel antiguo y las notas musicales sobre el papel y que no entendía. Aquel cuarto me impactó, algo sublime flotaba en el ambiente, todo estaba limpio, inmaculado, parecía que nadie había entrado en este aposento en años. Entonces le pregunté sobre dónde se encontraba tu tío, e, instintivamente, le pregunté también por su padre. Julito me miró incrédulo, “¿de verdad que no lo sabes? Están muertos, fueron fusilados en el año 1936”, me respondió.

Ahora entendía los silencios y las evasivas de mis padres, nadie en esa época se atrevía hablar de lo sucedido a un buen número de personas, en un principio fueron encarceladas y, posteriormente, sin ningún juicio, las asesinaron vilmente.

No me resigne con las palabras de Julito y decidí investigar por mi cuenta lo que les había sucedido a su padre y a su tío. Antonio José fue detenido en su propio domicilio por falangistas el 6 de agosto, por orden del gobernador civil, el general Dávila. Estuvo detenido durante 40 días en el penal. Durante este tiempo escribió varias cartas a su amiga Consuelo Mediavilla; en las mismas se quejaba de que nadie le diese una respuesta de porque lo habían detenido. Unos días antes de ser fusilado recibió una carta anónima firmada bajo el seudónimo Un Legionario de España. Entre líneas se podía leer una velada amenaza “porque la verdad, después de haber perdido España, a Benavente, los Quintero, Muñoz Seca, Ricardo Zamora y Gómez Ulla, hombres de fama mundial en sus especialidades respectivas, un musiquillo más o menos no importa mucho a un nuevo país que está forjando, sobre todo cuanto Ud. es de las tenebrosas y canallescas filas judío –marxista” .

Era más que una amenaza, era el preámbulo de una muerte anunciada. Ante esta misiva, varias personas amigas de Antonio José, de reconocida vinculación con la derecha conservadora, intercedieron ante el jefe local de Falange y alcalde de Burgos, Martínez Mata; y ante el general Dávila, que había cesado del cargo de gobernador y ostentaba el mando del ejército del norte y miembro de la Junta de Defensa Nacional. Sin embargo, no quisieron interceder en su favor. El  6 de octubre, junto con otros burgaleses, fue fusilado y enterrado en una fosa común en el monte de Estepar (Burgos).

Julio Martínez Palacios, padre de Julito, era maestro nacional destinado en el pueblo burgalés de Pradoluengo. Es detenido un día después, el 7 de agosto. Un grupo de falangistas se personaron en el Diario de Burgos, donde Julio se encontraba, ya que colaboraba, en los periodos veraniegos, escribiendo artículos. Lo trasladaron al penal por orden del gobernador civil. El 12 de octubre, junto con otros 24 reclusos, acabaron con sus vidas, fusilados en algún paraje desconocido y enterrados en una fosa común.

En las famosas y tristes sacas perecieron miles de personas. Así se cumplían las instrucciones del general Mola a un grupo de alcaldes con los que se había reunido en Pamplona el 19 de julio. “Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación. Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”.

Foto: LasMerindadesEnLaMemoria

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En la guerra pierden todos (I)

El tiempo tardará en olvidar la transcendencia que existió entre los contendientes de la Guerra Civil. Algunos estudiosos fechan en 100 años el tiempo que transcurrirá para olvidar lo que sucedió. Han desaparecido los protagonistas, pero siempre existirá un nieto, un hijo, un familiar, un estudioso que recordará algún suceso de los muchos que  tuvieron lugar durante los tres años que duró la contienda y los más de 20 de represión dura y contumaz propiciada por el régimen franquista. En esta clase de guerras la violencia fuera de los frentes, en muchas ocasiones se debió a venganzas, envidias y rencores. Los episodios que relato serán despiadados. Recordar para no repetir, en eso consiste lo que hemos llamado memoria histórica.

Los relatos de este comentario se refieren a familias que sufrieron en sus carnes lo despiadado de una contienda civil, no solamente lo sufrieron en el bando perdedor, también en el ganador, y, en ocasiones, familias que nada tuvieron que ver en la contienda.

El día que cumplí 12 años se presentó en casa el señor Heliodoro, lo normal era que nosotros fuéramos a la suya. Era todo un personaje, propietario de la fábrica de galletas conocida como Galletas Arconada. Me sorprendió que me regalara un cinturón de cuero con una enorme hebilla con el yugo y las flechas grabadas. Me lo entrego y me dijo, este es el cinturón que mi hijo llevaba el día que lo mataron y quisiera que tú, como su ahijado lo guardes. Entonces ni siquiera conocía que el señor Heliodoro tuviera un hijo y además fuera mi padrino de bautismo, nunca nadie me lo había dicho. Pregunté a mis padres y me contaron la historia. Don Heliodoro tenía un único hijo en quien tenía depositadas sus esperanzas para que continuara con el negocio; quería que estudiara comercio. Sorprendentemente el 19 de julio de 1936 le dijo a su padre que se había enrolado en una sección de Falange y se marchaba al día siguiente a combatir al enemigo de la religión y de los principios seculares al frente de Somosierra. Aquella decisión fue un mazazo para la familia que no entendía como un muchacho de 17 años podía dejar a su familia, rechazar su vida e irse a combatir. Nunca tuvieron noticias de que estuviera adoctrinado hasta ese punto.

Todo sucedió muy rápido, a los tres días de su partida, una persona fue a la fábrica y le comunicó que su hijo había muerto como un héroe. Don Heliodoro nunca entendió que perteneciera a Falange, fuese adoctrinado de tal manera y participase en una guerra que no comprendía. Nunca se recuperó de la pérdida de su único hijo.

FOTO: lagraneepoca.com

Cuando matan a tu padre y te cambia la vida

La semana pasada tuve una visita inesperada, me vino a ver una mujer, cuando llegó, la miré tras los cristales del lugar donde habíamos quedado y comprobé que no la conocía de nada, pero ella insistió en hablar conmigo y se presentó como “Chelo”, una mujer mirandesa, curtida en años pero con un aspecto verdaderamente saludable y juvenil.

Al llegar a la sala donde la recibí, nada más verme me saludó con un emotivo abrazo y vi que sus ojos se empañaban al decir mi nombre; acudía a la charla con un ejemplar del libro ” Yo Fui Presa de Franco” y me contó su historia, la cual me dejó impactado y no he podido reprimir el impulso de escribir, contando, claro está, con su permiso, este artículo para el blog.

Consuelo Gobantes Plágaro, “Chelo”,  tiene en la actualidad 93 años y es la mayor de los cinco hijos que tuvo el matrimonio Benito Gobantes Gómez y Andresa Plágaro Escalona.

Benito se encontraba detenido en la cárcel de Miranda por un delito común el 18 de julio de 1936, fue sacado de la prisión ese mismo día y acudió a su casa para reencontrarse con su familia; al día siguiente su mujer le dijo que las Fuerzas del Orden estaban deteniendo a los Concejales, sindicalistas y personas afines a la República por lo que debería tener cuidado ya que había estado en la cárcel; él sin embargo la respondió que nada tenía que temer ya que no estaba metido en política y por lo tanto estaba a salvo de estas detenciones; inocentemente le comentó a su mujer que si preguntaban por él estaba en el barrio de Los Corrales.

Lamentablemente los hechos sucedieron de un modo completamente distinto, Benito fue detenido, trasladado a la cárcel de Burgos, juzgado y condenado a muerte junto a 41 ciudadanos mirandeses.

Chelo me entregó el certificado emitido por Calixto López Río, capellán del cementerio municipal San José de Burgos, donde figura la relación de los 42 nombres que fueron inhumados en la llamada “Fosa Común” del citado cementerio. Además me cedió el certificado de defunción de su padre, donde se cita literalmente que tenía 37 años, era natural de Anguciana (Logroño), hijo de Víctor y Nicanora, domiciliado en Miranda de Ebro, profesión jornalero y de estado casado, ignorándose el nombre y demás circunstancias de su mujer, así como si ha tenido sucesión. Falleció en despoblado el 18 de septiembre de 1936 a las seis y minutos, a consecuencia de heridas por arma de fuego.

Al finalizar esta narración quise conocer un poco más de Chelo y su familia y la pregunté si quería contarme como fue su vida trás el fatal desenlace.

Ella me respondió que tenía 13 años cuando asesinaron a su padre y su hermana más pequeña, 8. Su madre, Andresa, además de tener que soportar el fusilamiento de su marido, se encontró en la calle con sus cinco hijos ya que la embargaron su casa, aunque pudieron sacar los muebles y tuvieron que malvivir durante años en una antigua cuadra que les dejaron, hasta que pudieron alquilar una buhardilla por 25 pesetas al mes.

Chelo tuvo que dejar muy pronto de estudiar, ya que las necesidades familiares acuciaban. Trabajó de niñera en una vivienda de Miranda, a cambio de 15 pesetas al mes, una onza de chocolate y un trozo de pan, de ahí paso a ser niñera en otra casa de Miranda por un salario de 25 pesetas al mes.

Su madre fue una mujer muy conocida en Miranda por su fama de trabajadora, estuvo tiempo lavando 80 mudas de soldados todas las semanas a cambio de que estos le suministrasen comida para sus hijos. También fue colchonera en Miranda y trabajó en todo aquello que le permitiese dar de comer a sus hijos.

Éste es el relato que Chelo me contó en la conversación que mantuvimos, le firmé el libro y nos despedimos con un abrazo sincero.

Nunca se podrá resarcir a esta familia del dolor por la pérdida de un marido y padre, nunca se les podrá resarcir del hecho de quitarles su vivienda, de obligarles a trabajar para sobrevivir, de impedirles estudiar, de estar durante 40 años señalados por el Régimen que acabó con las libertades de este País.

Animamos a todos aquellos y aquellas que tengan historias similares a la de Chelo a contar sus vivencias personales para que de esta manera no se pierdan en el olvido y sirvan para que no se vuelvan a repetir hechos tan funestos para la historia de este país.

 

FOTO: Burgos1936.com