Este artículo está dedicado a una familia de Burgos; muy conocida en aquel momento en la ciudad. Se trata de la familia Ramiro-Bretón. Estas líneas quieren ser un profundo homenaje a un burgalés, a su mujer y a sus hijos; Todos ellos sufrieron los horrores del golpe militar. Residían en Burgos desde el año 1917. Tras los sucesos acaecidos ese año en España, se marcharon de Madrid, fijando la residencia en la ciudad castellana.

Él era muy mañoso y montó un pequeño taller dedicado al arreglo y componenda de calzado en los bajos de su domicilio, sito en la calle Avellanos. Al poco tiempo, dado su temperamento y su buen hacer, lo conocía toda la población y, aunque se llamaba Félix Ramiro, la mayoría del pueblo, quizás por su corta estatura, lo apodaba “zapaterín”. Su mujer era Cayetana Bretón Álvarez. El matrimonio tenía tres hijas y un hijo.

Se ganaban la vida honradamente, eran muy conocidos, no solo en el barrio, sino en círculos progresistas de la ciudad y entre muchos agricultores que llevaban a su taller los arreglos de sus calzados.

Era una familia muy apreciada y considerada, las gentes menos pudientes sabían que en aquella casa siempre tenían una taza de buen caldo o un pedazo de pan. Por otra parte, las mujeres que venían de los pueblos a vender sus productos agrícolas a la capital conocían que, si les quedaba mercancía sin vender, Cayetana se encargaba de colocarla, bien en su propia casa o entre conocidos.

Félix se consideraba un hombre de izquierdas y republicano, no lo negaba ni lo ocultaba, siempre mostraba una actitud crítica contra las injusticias y no tenía ningún reparo en denunciar aquello que consideraba injusto. Esta forma de actuar le produjo serios disgustos y más de un enfrentamiento con gentes de derechas. Nunca se lo perdonaron, nada más producirse el alzamiento, una de las primeras actuaciones de los militares rebeldes fue hacer prisioneros a todos los burgaleses considerados personas de ideología izquierdista o progresista.

El 20 de julio, Félix fue detenido y dos días después, sin celebrarse juicio, lo fusilaron.

Como Félix llevaba dos días sin aparecer y no era frecuente este comportamiento. Su mujer Cayetana mandó a su hija mayor, Elena, a recorrer los hospitales, la Casa Socorro, los domicilios de amigos, al Ateneo burgalés… donde fuera, hasta dar con su paradero. Después de preguntar en todos estos sitios y no darle razón, se dirigió al Gobierno Civil, donde recibió la callada por respuesta. Desesperada volvió a casa sin saber el paradero de su padre, aunque todos podían sospechar lo que había sucedido.

Transcurridos siete días se produjo la gran sorpresa, varios guardias de asalto entraron en el taller y acto seguido obligaron a Cayetana a acompañarlos a la vivienda; tenían órdenes de registrarla concienzudamente. Así, revolvieron los cuartos, los armarios, deshicieron las camas y se apropiaron de fotografías, revistas y papeles que guardaba Félix en un escritorio.

Hasta aquí todo parecía normal, ya habían padecido otros registros. Pero lo sorprendente fue cuando el guardia que estaba al mando del grupo, se dirigió a Cayetana, exigiendole que es acompañara. Fue una sorpresa para la madre y las hijas. El chico tenía tres años y no llegaba a comprender lo que estaba sucediendo.

Cayetana no se amedrentó y comenzó a gritar, ¡no hemos hecho nada; somos inocentes! Suplicó y suplicó ante los guardias, explicando que no podía dejar a sus cuatro hijos solos, no tenía a nadie con quien dejarlos. Ante su insistencia, el guardia decidió que les acompañara  entonces una de las hijas. La mayor, Elena, fue detenida.

Elena salió de la casa acompañada de los guardias de as alto. Fue conducida a la comisaría de la calle Vitoria, donde pasó la noche encerrada en los lúgubres calabozos. Al día siguiente fue llevada a la prisión provincial.  Ingresó a las 11 de la mañana del 25 de julio de 1936, quedando inscrita en el libro de registros de ingresos, en el 7º, general 92, de orden 295. Su descripción física quedó reflejada en su expediente: 1,54 de estatura, ojos marrones, cabello claro, piel morena, cejas aparentes, cara ovalada, nariz recta, boca pequeña, reside en Burgos en la calle Avellanos nº9 piso 3º, nacida en Madrid, de 19 años de edad, soltera, dice tener instrucción y ser la primera vez que ingresa en prisión.

Como no encontraban pruebas suficientes para procesarla, se trasladó su expediente al delegado de orden público. Éste se quitó el caso de encima y dio traslado del caso al jefe del servicio nacional de prisiones. Este estamento no encontró motivos para detenerla y traslada su caso, de nuevo, al gobernador civil,  general Fidel Dávila en ese momento. Este general día 15 de enero de 1939 envía un escrito al director de la prisión, el capitán de infantería Genaro Miranda, indicando que ante la falta de pruebas procediera a conceder la libertad condicional.

Elena salió de prisión transcurrido un mes desde la llegada de la orden al director, pero su calvario había durado tres largos años y nunca recibió una disculpa.

Desde la detención de Elena, la casa de los Ramiro-Bretón se convertió en una revolución cada vez que sonaba el timbre o aporreaban el llamador de metal de la puerta. Los hijos se escondían debajo de las camas y la madre, antes de abrir la puerta, miraba y remiraba por la mirilla para ver de quien se trataba.

A por Cayetana otra vez

Una mañana sonó con insistencia el timbre y al tiempo aporreaban la puerta. Tan fuertes eran los golpes que Cayetana no tuvo otro remedio que abrir y allí en el umbral se encontraba plantado el mismo guardia que detuvo a Elena. Esta vez iba a detener a Cayetana.

¡Por favor!,- gritaba entre sollozos-,  cómo es posible que quiera detenerme, no ve que no puedo dejar solos a estos niños. ¡Tenga piedad!, ¡se lo suplico!, -repetía una y otra vez la madre-, mientras los hijos lloraban desconsoladamente.

Lo siento señora, -respondió imperturbable-, los críos se tienen que quedar, las órdenes solo competen a usted.

Cayetana insistía cada vez más excitada- no hablaba, gritaba- no ve que son muy pequeños y no pueden valerse solos, han asesinado a mi hombre, han detenido a mi hija, quieren detenerme a mí, ¡por favor!, insistía, no lo hagan.

Lo siento señora, son órdenes y debo cumplirlas, tiene que venir con nosotros,  le espetó, de Nuevo, sin ningún miramiento.

Sus súplicas resultaron estériles, no ablandaron el corazón de aquellos individuos, ni su sonrisa sarcástica ante su ruego desesperado.

-Venga señora, déjese de lloriqueos,- dijo fríamente- no nos lo ponga más difícil, tiene que venir con nosotros por las buenas o por las malas, decídase, que empiezo a cansarme de tanto lloriqueo.

Los hijos continuaban agarrados fuertemente a su vestido, la escena resultaba patética, las vecinas salieron a la escalera al oír los gritos y los lloros y empezaron a increpar a los guardias.

La cosa se ponía fea, un guardia propinó un empujón y madre e hijos rodaron por el suelo, momento que aprovecharon para cogerla de los pelos, levantarla y, en volandas ,llevársela escaleras abajo. A pesar de los gritos de asesinos, ladrones, sinvergüenzas, proferidos por los vecinos, los guardias, se llevaron a Cayetana y dejaron a sus hijos indefensos, sin que nadie se hiciera cargo de ellos.

Según consta en su expediente, Cayetana ingresó en prisión a las 11 de la mañana del 9 de agosto. Cayetana tenía 49 años, ingresaba por primera vez en prisión y carecía de antecedentes penales. Nacida en Burgos, hija de Raimundo y de Carmen, de profesión sus labores. Una vez hubo cumplimentado los trámites reglamentarios, pasó al módulo de mujeres, donde se encontró con su hija.

Al verla Elena no daba crédito. La mujer que acababa de llegar era su madre. Corrió hacia ella y se unieron en un fuerte abrazo.

¡Por Dios, por Dios; que hemos hecho para tanta desgracia! Félix muerto, yo presa, tu igual, los niños solos, desamparados, qué más nos puede pasar. ¡Cómo puede existir tanto odio!, repetía sollozando.

Cayetana y su hija llevaban varios meses en prisión y, ni siquiera, se había abierto un procedimiento ni declarado ante el juez instructor. El 27 de abril de 1938 el director de la prisión recibió un escrito, firmado por el comandante Rafael Ruiz Ruiz, indicando la apertura de causa judicial sumarísima contra Cayetana, con el número 1178/37. La fecha de celebración de juicio estaba prevista para el mes de agosto.

Sin conocer los motivos se paralizó el proceso y en julio la instrucción  pasó a depender del juez militar Tomás Manero.

Cayetana empezó a actuar de forma extraña en la prisión, había veces que no reconocía a sus propios hijos. El lugar la estaba volviendo loca, su estado mental se iba deteriorando día a día, estaba perdiendo la cabeza.

La situación se tornó tan grave que el abogado defensor actuó a instancias de su hija Elena y realizó una gestión ante el Juzgado Especial número 14 de Procedimientos Sumarísimos para iniciar un expediente médico y catalogar la salud de Cayetana.

El resultado fue decepcionante. Los médicos diagnosticaron que carecía de síntomas de enajenación y remitieron el informe al juez instructor Tomás Manero, quien, sin más, lo archivó.

Nunca se sabrá si Cayetana estuvo enferma, lo único cierto es que nunca volvió a repartir cariño, ya no estuvo dispuesta a beneficiar a quien le faltaba, se volvió huraña, desconfiada, a veces desvariaba y, en ocasiones, se volvía agresiva con su hija. Estos síntomas no eran normales, pero el sufrimiento, el dolor, saber que no tenía nada, que no podía hacer nada para ayudar a sus hijos, su marido fusilado, una hija en la cárcel; todas estas anomalías en una persona buena, que nunca hizo mal a nadie, sin duda la dejaron graves secuelas. Hay que tener una gran fuerza de voluntad y un gran equilibrio psíquico para no volverse loca y Cayetana no aguantó la presión. En septiembre de 1938, un año después de estar detenida, fue llevada a juicio.

El tribunal debió sorprenderse al ver la acusación, delito de auxilio a la rebelión militar. No la encontraron culpable y la dejaron en libertad pero el mal estaba hecho. Cayetana, sin ningún motivo, simplemente por ser la mujer de un izquierdista, pasó 30 largos meses en prisión dejándola unas secuelas que nunca curo.

Esta es la historia de una de las muchas familias españolas que sufrieron las consecuencias del golpe militar, cuya vida fue literalmente destrozada por el simple hecho de defender la libertad y la democracia.

 

FOTO: Capitania General de Burgos en 1936

AUTOR: http://www.burgos1936.com

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