Las Trece Rosas

¿Merece la pena recordar? Sí, porque sin recuerdos, no existe memoria y sin memoria no existe la historia y sin historia una nación no existe.

Cuando en Madrid las tropas franquistas, el día 18 de mayo de 1939 se concentraron en la capital de España para conmemorar y celebrar el desfile del primer aniversario del Día de la Victoria, un grupo de jóvenes militantes de las JSU y del Partido Comunista organizaron, no el asesinato de Franco como les achacaron, sino unas pintadas en ciertas calles, con el lema “Menos Vivas a Franco y más pan blanco”. La policía franquista detuvo a varios militantes, no les fue difícil, disponían de los archivos de los militantes del partido comunista y de las juventudes unificadas socialistas, ya que no fueron destruidos cuando el golpe militar del comandante Casado. El jefe de un grupo de la Policía Social, el comisario Roberto Conesa, antiguo miembro de las JSU, les acusó de organizar el asesinato de Franco. Fue una gran redada, detuvieron a 67 militantes, incluso militantes de JSU, detenidos con anterioridad fueron relacionados con este asunto.

Las mujeres detenidas en esta operación creyeron que habían convencido al comisario Conesa de que pertenecían a una organización constituida para ayuda de presos. Pero, tras el asesinato del comandante de la guardia civil, Isaac Gabaldón, su hija y el soldado que conducía el automóvil, -fueron ametrallados en Talavera de la Reina- arrestaron a 67 militantes de las JSU, del Partido Comunista y simpatizantes. Entre los detenidos se encontraban las mujeres; Ana López Gallego, Victoria Múñoz, Martina Barroso, Virtudes González, Luisa Rodríguez, Elena Gil, Dionisia Manzanero, Joaquina López, Carmen Barrero, Pilar Bueno, Blanca Brisac, Adelina García y Julia Conesa. Nueve de ellas menores de edad. Trabajaban como modistas, sastras, amas de casa. Una de ellas, Blanca Brisac, era pianista y no pertenecía a ninguna asociación, ni partido político. Fue detenida junto a su marido, afiliado al Partido Comunista, por dar cobijo a un compañero. Fue una gran redada. Las trece mujeres ingresaron en la cárcel de Las Ventas.

El 1 de agosto llegó la orden de elegir a 15 mujeres, preferentemente menores de edad, para que fueron llevadas a juicio ante el Tribunal de las Salesas. El consejo militar duró dos días, siendo condenadas en la causa sumarísima núm. 30426/39 a la pena capital, acusadas de un delito de adhesión a la rebelión. El 4 de agosto se produjo en la cárcel una redacción febril de instancias solicitando el indulto. Se las dieron al capellán para que las cursara, pero la directora de la prisión, Carmen Castro, le exigió su entrega y quedaron olvidadas en un cajón. Jamás las cursó.

Hay que tener en cuenta que en la prisión de Las Ventas en esa época había más de 4.000 reclusas. ¿Cómo eligieron a las trece? Según dijeron, una señora en prueba de agradecimiento a un policía que había intercedido por su hija le regaló un ramo de flores con trece rosas rojas. Al recibir la orden para ejecutar a trece mujeres jóvenes, el policía Palito, ese era su nombre, fue sacando una por una las rosas, poniéndolas un nombre. Así se eligieron.

Las reclusas en Las Ventas se encontraban diseminadas por toda la prisión, en el departamento de menores, en los pasillos, en los sótanos, en los lavabos y en las galerías. La noche del 5 de agosto dormirían tranquilas, las sacas se producían después del último recuento y antes de las 11 de la noche. “Creo que esta noche me puedo acostar”, dijo Flora después de consultar su reloj. Apenas echada sobre el mugriento petate, se abrió la puerta y a la escasa luz de una linterna, se vislumbró en el umbral la silueta de una funcionaria envuelta en la capa azul marino. Una a una fueron reconocidas y, a pesar de ser menores de edad, ya ni eso valía. No existía el derecho de defensa.

Cuando la funcionaria se detenía delante era señal de que te iban a sacar esa noche. Las demás presas se abrazaban una y otra vez. Que horrible mezcla de gritos, lloros, blasfemias. Al final el silencio.

Se despidieron de sus compañeras y vigiladas estrechamente por varios guardias civiles, montaron en camiones y las llevaron hasta las tapias del cementerio de La Almudena, donde fueron vilmente asesinadas.

En el trayecto hacia la muerte pudieron leer un pasquín que decía” Españoles alerta. España en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España con el favor de Dios sigue en marcha, Una, Grande y Libre hacia su irrenunciable destino”.

Su sepultura está en el cementerio del Este. Quien lo visite podrá leer una sencilla lápida que dice: “Las jóvenes llamadas Las Trece Rosas. Dieron su vida por la libertad y la democracia el 5 de agosto de 1939”.

Se cumplía la máxima de Franco. “Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino”.

 

FOTO: Los ojos de Hipatía

Los ojos de Hipatia

Arantxa Carceller, periodista de la revista sociocultural valenciana “Los ojos de Hipatia”, ha entrevistado a los autores de “Yo fui presa de Franco”. Aprovechamos el blog para compartir las reflexiones y dar las gracias a la publicación por difundir nuestro libro.

Desde la siempre atenta mirada de Hipatia, y en nuestro empeño por desvelar episodios de nuestra historia más reciente, nos acercamos al libro Yo fui presa de Franco (Letras de Autor) escrito por Fernando Cardero Elso y Fernando Cardero Azofra.  A través de este libro sus autores ofrecen un relato de la historia de las mujeres burgalesas que fueron detenidas y encarceladas en la prisión provincial de Burgos, actual Teatro Clunia, durante la Guerra Civil.

Entre en la ficción y la historia, el lector conocerá las vivencias personales en la cárcel de una de las presas, voz que nos adentrará en la vida del resto de sus compañeras. La historia arranca el 8 de diciembre de 1931 año en la que las Cortes españolas la nueva constitución republicana, la cual, aprobaba también el derecho de voto de la mujer. Hasta 178 nombres y expedientes de mujeres retenidas en la cárcel de Burgos se darán a conocer gracias a este libro escrito por padre e hijo.

No es la primera vez que padre e hijo se embarcan en la aventura de escribir a cuatro manos con el fin de rescatar episodios de la historia de Burgos. “El escribir a cuatro manos lo llevamos haciendo con los cinco libros que hemos escrito conjuntamente y puedo asegurar que no nos causó ninguna dificultad, más bien, nos sirvió para conocernos mejor y esto siempre es agradable. Los otros libros, quizá, fue más fácil, se trataba de narrar hechos sucedidos en ciertas épocas, como los escritos en relación a los Alcaldes del Ayuntamiento de Burgos durante la mitad del siglo pasado. Otros dos, se refieren a hechos ocurridos en dos prisiones donde narramos la biografía, la vida, la condena, los sufrimientos, las penurias, las sentencias, las sacas de inocentes para ser fusilados. No nos resultó difícil escribir sobre los expedientes existentes, obtenidos tras una laboriosa investigación”.  Sin embargo, con Yo Fui Presa de Franco, “la situación varío, ya no se trataba únicamente de narrar hechos ocurridos con mujeres presas. Que sí, pero con los datos obtenidos simulamos una trama, nos embutimos en la personalidad femenina y surgieron ciertas discrepancias. Después de alguna discusión relacionada con el final, llegamos al consenso. Todo hay que decirlo, cada uno teníamos una idea de cómo resolverlo. Después de un intercambio de propuestas aceptamos la que narramos”.

Fernando padre, es quizás más rudo en el lenguaje que Fernando hijo, capaz de suavizarlo. Fernando hijo, dispone de una capacidad de síntesis, de la que Fernando padre carece. Fernando hijo, es capaz de retener todo lo escrito en la memoria, mientras que Fernando padre necesita tiempo. Lo cierto es que “salvo pequeñas discrepancias, podemos escribir conjuntamente sin que existan controversias que no podamos resolver”, explica Fernando Cardero Elso.

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La familia Ramiro-Bretón

Este artículo está dedicado a una familia de Burgos; muy conocida en aquel momento en la ciudad. Se trata de la familia Ramiro-Bretón. Estas líneas quieren ser un profundo homenaje a un burgalés, a su mujer y a sus hijos; Todos ellos sufrieron los horrores del golpe militar. Residían en Burgos desde el año 1917. Tras los sucesos acaecidos ese año en España, se marcharon de Madrid, fijando la residencia en la ciudad castellana.

Él era muy mañoso y montó un pequeño taller dedicado al arreglo y componenda de calzado en los bajos de su domicilio, sito en la calle Avellanos. Al poco tiempo, dado su temperamento y su buen hacer, lo conocía toda la población y, aunque se llamaba Félix Ramiro, la mayoría del pueblo, quizás por su corta estatura, lo apodaba “zapaterín”. Su mujer era Cayetana Bretón Álvarez. El matrimonio tenía tres hijas y un hijo.

Se ganaban la vida honradamente, eran muy conocidos, no solo en el barrio, sino en círculos progresistas de la ciudad y entre muchos agricultores que llevaban a su taller los arreglos de sus calzados.

Era una familia muy apreciada y considerada, las gentes menos pudientes sabían que en aquella casa siempre tenían una taza de buen caldo o un pedazo de pan. Por otra parte, las mujeres que venían de los pueblos a vender sus productos agrícolas a la capital conocían que, si les quedaba mercancía sin vender, Cayetana se encargaba de colocarla, bien en su propia casa o entre conocidos.

Félix se consideraba un hombre de izquierdas y republicano, no lo negaba ni lo ocultaba, siempre mostraba una actitud crítica contra las injusticias y no tenía ningún reparo en denunciar aquello que consideraba injusto. Esta forma de actuar le produjo serios disgustos y más de un enfrentamiento con gentes de derechas. Nunca se lo perdonaron, nada más producirse el alzamiento, una de las primeras actuaciones de los militares rebeldes fue hacer prisioneros a todos los burgaleses considerados personas de ideología izquierdista o progresista.

El 20 de julio, Félix fue detenido y dos días después, sin celebrarse juicio, lo fusilaron.

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