EL PENAL DE VALDENOCEDA

El bando franquista creó, mediante la Orden de 5 de julio de 1937 de la Secretaría de Guerra en Burgos, en el “territorio conquistado”, campos de concentración y destacamentos de trabajo. En Burgos se crearon varios y convirtieron a la provincia en un auténtico campo de concentración.

Se formaron grupos de personas que recorrían la geografía española para buscar lugares donde asentar las prisiones. La tipología de los lugares que buscaban era, básicamente, construcción de obra fija, agua corriente, luz eléctrica, clima no muy extremo, medios de comunicación próximos, un río grande para evacuar y un lugar discreto y difícil de escapar. Así se creó el Penal de Valdenoceda, una cárcel para presos políticos.

El pueblo de Valdenoceda se halla a sesenta kilómetros de Burgos. Se llega por la carretera que une la meseta castellana con el País Vasco. En un recodo de esta vía, defendido de los vientos del norte por suaves montañas y por el río Ebro, existe, aún hoy, una lengua de tierra de aproximadamente una hectárea que rodea a una casona de tres pisos.

En sus inicios la adquirió la familia vasca Alday y fue una fábrica de seda artificial. Pero el gobierno del general Franco la convirtió en 1938 en uno de los penales más cruentos del régimen.

Al recinto se accedía por una puerta de madera de dos hojas pintadas de color marrón, situada al sur de la finca. Al traspasarla lo primero que se veía era un pequeño patio de tierra, antesala del edificio principal de tres plantas, de aproximadamente 15 metros de altura y forma rectangular.

En la planta baja se encontraba el comedor, las oficinas, la enfermería y un cuarto con nueve camas, donde dormían los soldados ocupados de la vigilancia diaria.

A los pisos superiores se accedía en un principio por una escalera de madera, que se dejó de usar por su mal estado, reservándose su uso a los funcionarios, guardianes y personal médico del penal. Se construyó otra de cemento por el exterior, con una especie de plataforma en cada descansillo, que servía para pasar revista a los presos.

En el tejado se instaló un gran depósito para recoger el agua del manantial del que se surtía el penal; se usaba tanto para beber, como para fregar, para lavar la ropa y para la higiene de los reclusos.

En 1938 existían en el recinto varias edificaciones utilizadas para guardar material y utensilios de la fábrica de seda que fueron demolidos y en su lugar se construyeron otros que sirvieran a las necesidades del establecimiento penitenciario. Todo ello fue realizado por reclusos, mano de obra barata para el régimen.

Ellos construyeron la tapia de cierre del recinto por el lado de la carretera, adecentaron el edificio principal, levantaron un anexo que sirvió de dormitorio a los soldados, talaron los árboles de la finca, arrancaron los tocones y retiraron los escombros, arreglaron la traída de aguas. En otro extremo realizaron otro edificio más pequeño para guardar los suministros, dos lavaderos y varios cobertizos. Para las necesidades fisiológicas excavaron una gran fosa de dos metros de profundidad y una treintena de largo, paralela al cauce.

La primera planta estaba construida en piedra silicea. Sobre su estructura se levantaba el resto del edificio, a base de vigas de madera de roble, sujetas al suelo por machones. Las paredes eran de adobe recubietro de cal, y la cubierta, a dos aguas y de teja árabe.

Los dos pisos superiores servían de dormitorios. Una treintena de vigas alineadas a lo largo y ancho del piso sostenía el edificio, dejando un espacio libre central que hacía las veces de pasillo. Los camastros y petates se colocaban en hileras ocupando cada preso poco más o menos medio metro.

Al carecer de utensilios para colgar la poca ropa de que disponían, los presos clavaron puntas en las vigas que aún hoy son reconocibles e hicieron las veces de perchas.

Es necesario recordar que a principios de 1939 el penal albergó a más de 1.000 presos, que convivieron en situaciones extremas de salubridad, pasaron hambre, frío, falta de higiene, sufrieron palizas, castigos, robos; en conclusión la vida en este penal fue infrahumana.

Desde las ventanas que daban al norte, protegidas por rejas de hierro, se divisaba el patio, lugar donde se permitía estar a los reclusos durante el día, hiciera frío o calor, lloviera o nevara, salvo para la hora de comer y cenar.

A un lado del patio discurría un cauce de agua utilizada para que dos turbinas generaran electricidad para el penal. Entre este cauce y el río Ebro existía un almacén por debajo de la rasante, que la dirección del penal transformó en celdas de castigo. Al encontrarse bajo el nivel, cuando venían crecidas, el cauce se desbordaba y las aguas arengaban esas celdas.

Este siniestro edificio sigue hoy en pie, como si fuese un símbolo de permanencia de una de las etapas más funestas de la historia de España; un símbolo de la vergüenza de la etapa franquista. Se debería intentar su rehabilitación y darle un uso, bien como centro de la memoria histórica, bien como lugar para poder visitar y recordar los desmanes y las vicisitudes que pasaron muchos españoles por el hecho de defender la libertad y la democracia.

LA PRISIÓN DE BURGOS

La cárcel de Burgos, situada en la calle Santa Agueda, era un viejo caserón construido en el año 1532. Su misión en principio fue dedicarlo a almacén para guardar grano, pero por una serie de circunstancias acontecidas en la nación en el año 1851, se efectuaron en él una serie de reformas y finalmente las autoridades de aquel tiempo decidieron convertirlo en prisión nacional y fue utilizado como tal por el bando franquista.

El edificio constaba de tres pisos, se accedía a través de un gran portalón, se subía al interior salvando trece escaleras de piedra empinadas. Nada más atravesar el portalón existía un cuarto pequeño, la primera portería, donde un guardia cacheaba a los presos. Desde aquí les conducían hasta el segundo portero encargado de abrir la puerta de hierro que permitía el acceso al interior de la prisión.

Una vez dentro, en la parte derecha existía un habitáculo destinado a cocina y, junto a él, otro cuarto pequeño donde se guardaban los víveres. A través de un pasillo se accedía a un recinto pentagonal de aproximadamente 60 metros cuadrados, era el patio donde los presos y presas pasaban dos horas al día, una por la mañana y otra por la tarde, hiciera sol o cayeran chuzos de punta, daba igual. Primero lo utilizaban los hombres que ocupaban el primer piso y, cuando ellos marchaban, bajaban las mujeres. Existía también un lugar por el que tenían obligación de pasar todos los reclusos y reclusas, la barbería. Allí un recluso estaba obligado a rapar el pelo a todos los presos y presas que entraban en la prisión.

Al lado derecho existía un cuarto utilizado por los guardianes como dormitorio, tenía varias camas separadas por un tabique de un lavabo y un retrete.

Existía otro aposento utilizado únicamente por el jefe de la guardia, donde sobresalía sobre los otros muebles un armario de acero utilizado para guardar las armas y  municiones.

El primer piso servía como comedor y en un aposento contiguo se encontraba otra cocina. El comedor era espacioso, provisto de varias mesas de madera con bancos corridos. Se utilizaba a distintas horas por parte de los hombres y de las mujeres, nunca coincidían; ellos comían primero, sobre las doce del mediodía, después las mujeres. Este lugar servía también de capilla. Los domingos y días festivos les obligaban a oír misa.

El segundo piso lo ocupaban presos, tenía la figura de un rectángulo de unos 50 metros cuadrados, con el suelo de madera dividido por un pasillo en el centro y a los lados se encontraban las celdas. Se accedía a  los pisos a través de una escalera de madera carcomida y peligrosa por el uso de años. Al final del pasillo existía un cuarto utilizado por los guardianes.

En el tercer piso se encontraban las mujeres, aquí no había celdas, solo literas corridas. Al final del dormitorio existían dos retretes y cuatro lavabos para la higiene de todas las reclusas.

La parte sur era más cálida que la orientada al castillo. Las mujeres contemplaban la calle a través de las ventanas cerradas con gruesos barrotes de hierro.

Este lugar, que fue prisión siniestra e inhóspita, y donde estuvieron encarcelados miles de reclusos, fue rehabilitado y es hoy un Centro Cultural, sede de la Escuela de Teatro y del Teatro Clunia.

 

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