Esta es la historia de Anastasia, una mujer presa en una de las muchas cárceles que tuvo el régimen franquista. Su nombre, igual que el de otras muchas mujeres presas, no será olvidado, aunque sí intentó ser omitido.

Era madrileña, delgada, pelo moreno y rizado, la faltaban varias piezas dentales. No sabía leer ni escribir, casada con un albañil. Tenía seis hijos. Detuvieron al marido y después a ella, dejando a los seis hijos abandonados en un Madrid enloquecido y aterrorizado, donde las detenciones se contaban por millares, y las checas y comisarias por decenas. A cualquiera en esos días, después de finalizada la guerra, se le consideraba sospechoso. Todo el mundo era rojo, en tanto no se pudieran presentar pruebas de ser un fascista desde hacía mucho tiempo.

El juicio sumarísimo de urgencia a que fue sometido el matrimonio, se resolvió con la sentencia para ambos a la máxima pena. El hombre fue fusilado, mientras que a Anastasia le conmutaron la pena por 30 años de reclusión. La encerraron en la cárcel de Las Ventas, desde donde intentó conocer el paradero de sus seis hijos. Los rumores les situaban en el Auxilio Social;  se los habían llevado. A los pocos meses la trasladaron a la prisión de Saturrarán y perdió toda esperanza de comunicarse con ellos. Pasó diez largos años con el dolor de no saber nada. Cuando llegaba el día de la Merced y se permitían las visitas con niños, se vislumbraba en sus ojos una sensación de angustia, de tristeza, ya que jamás fueron los suyos…

Su rostro era el rostro de aquellas jóvenes mujeres que nunca debemos olvidar. Como no recordar a las compañeras que cantaban en las interminables horas de duro trabajo a  que estaban sometidas y lo realizaban a pesar del frío y el hambre. Como olvidarse de las que preparaban y realizaban una representación donde se improvisaba todo; trajes, música, diálogos. O de las mujeres que narraban como habían sido detenidas, como las cortaban el pelo y las paseaban entre la multitud como animales de feria. Como no escuchar a esas valientes que guardaron silencio y fueron torturadas salvajemente antes de delatar a una compañera. Como poder obviar el hambre, el frío, las palizas que hicieron perder la salud de forma que en algunos casos nunca llegaron a recuperarse. Como no intentar explicar ese sentimiento de pánico durante las noches, el silencio de tumba que se creaba cuando se conocía que esa noche se produciría una saca. Como no recordar los traslados de unas cárceles a otras, los sueños rotos, la falta de medicamentos, el recobrar la libertad y no conocer a la familia que te  recogería en tu destierro si alguna se dignaba a ello. Como no contar todas las horas difíciles y amargas pasadas en prisión, los hacinamientos, los juicios sumarísimos, la incomunicación.

Como olvidarse de aquellas mujeres que venían del juicio y les preguntaban con dolor ¿os ha caído la Pepa?, con esta palabra se conocía en la prisión a la condena a muerte. A Anastasia le  conmutaron la pena, pero la enterraron en vida al no saber de sus hijos. Aunque se diga miles de veces, aunque se intente contar de la mejor manera posible, nunca se comprenderá lo que sucedió si no se estuvo en la cárcel. La narrativa nos puede dar una idea, pero nunca nos acercara del todo al ambiente carcelario. Ver a compañeras, llenas de vida, alegres, como las llamaban, y se despedían, porque sabían que al día siguiente ya no vivirían. Jamás se podrán olvidar los ojos de las mujeres que iban a ser fusiladas; eran unos ojos de diferente color al suyo, tenían una expresión especial. Estas y otras muchas situaciones vividas durante los largos y penosos años de cautiverio no se podrán olvidar. Solo resta hacerse una pregunta ¿mereció la pena?

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