Durante los años en los que la República estuvo dirigiendo los destinos de España, se vivió una verdadera modernidad, no conocida hasta entonces. Sin embargo, aquella experiencia republicana finalizaría con la muerte y encarcelamiento de miles de españoles y españolas, dejando paso a un oscuro y siniestro periodo dictatorial bajo el mando del general rebelde y golpista, Francisco Franco.

No vamos a recordar hoy este periodo nefasto para España; vamos a hablar de cómo España el 8 de diciembre de 1931 se acostaba injusta y retrógrada y se levantaba justa y progresista al aprobar las Cortes una nueva Constitución que, entre otras novedades, preveía el derecho de las mujeres a ejercer el Sufragio Universal.  Por 161 votos a favor y 121 en contra quedó aprobado el controvertido artículo 36 que decía:

“Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismo derechos electorales conforme determinen las leyes”.

Las mujeres hasta entonces no participaban ni en la cultura, ni en la economía, ni en la sociedad.  Su misión consistía en permanecer en el hogar y, si alguna trabajaba, normalmente se producía una división sexual y clasista. Poco a poco, en un proceso gradual, aunque lento, las mujeres comenzaron a hacerse oír. Además, el desarrollo inicial del movimiento obrero fue posibilitando la integración femenina en las asociaciones de clase y su incorporación al mundo del trabajo, haciéndolas partícipes de las reivindicaciones laborales.

Con el derecho a voto para las mujeres, en los Comicios de junio de 1931 resultaron elegidas diputadas por el Partido Radical, Clara Campoamor, y por la Izquierda Republicana, Victoria Kent. Por primera vez en la historia dos mujeres se sentaban en los escaños del Parlamento de la Carrera de San Jerónimo.

Una vez elegido el primer Gobierno Republicano, éste elaboró un anteproyecto de Constitución. En el mismo solamente se contemplaba otorgar el derecho a voto a mujeres viudas o solteras. Incluso los diputados pertenecientes al grupo de republicanos de izquierdas ni siquiera aceptaron esta propuesta, esgrimiendo argumentos tan peregrinos como que “la mujer no era reflexiva, carecía de espíritu crítico y su histerismo conocido era fruto, no de una enfermedad, sino que era una cosa innata a su propia estructura”.

También hubo diputados que expusieron la necesidad de conceder el derecho a voto a mujeres mayores de 45 años, porque “al sufrir trastornos hormonales, era deficiente su voluntad e inteligencia hasta no cumplir dicha edad”.

La diputada Clara Campoamor defendió en las Cortes que los derechos de las mujeres no se podían ni posponer, ni discutir; y exigió la igualdad para las mujeres. Sus argumentos obtuvieron la victoria, pero la concesión del derecho al voto a las mujeres no fue sinónimo de igualdad –ahora tampoco lo es- . Pocas fueron las mujeres que se atrevieron a incorporarse a la vida política, pero algunas sí lo hicieron y consiguieron su acta de diputada: María Legarreta, Matilde de la Torre, Dolores Ibárruri, Veneranda García Manzano, Julia Álvarez, Emilia Elías y Encarnación Fuyola.

 

FOTO: elcorreo.com

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