La Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra celebró ayer el tradicional homenaje a las víctimas del franquismo, un acto con el que este año quisieron valorar todos los avances que se han producido en la memoria histórica, y, al mismo tiempo, denunciar la pasividad de la Justicia en esclarecer los crímenes del franquismo.
El homenaje a los fusilados de 1936, que este año cumple su décimo aniversario, tuvo lugar en la Vuelta del Castillo. Como cada año, la asociación combinó la música y los testimonios familiares, en una suerte de maridaje entre el drama y la celebración, entre la alegría y el recuerdo.
En el acto Joaquín Arroyo, hijo y sobrino de asesinado, ofreció su testimonio en el que contó con amargura y mucha tristeza los años de prisión de su padre, al que asesinaron cuando él tenía cuatro años. También lamentó que, después de tantos años, teme que se va a ir de esta vida sin conocer el paradero de sus familiares:

Hola a todos y a todas
Soy Joaquín Arroyo Valois, hijo y sobrino de dos hermanos (como tantísimos familiares vuestros) asesinados en los nefastos años 36 a 38.
Quiero e intento llamar la atención públicamente (una vez más) a las autoridades competentes, sobre el abandono y desidia con que siembre se ha intentado silenciar y ocultar este gravísimo, vergonzoso y criminal problema infringido a nuestros miles de familiares con el ocultamiento en campos, simas, cunetas y otros lugares ocultos y que después de 80 años (en muchos casos) aun no hayamos podido dar con el resto de sus cuerpos, para poder darles una digna sepultura y el simple pero necesario reconocimiento a la barbarie cometida con sus vidas.
Con mi afirmación y denuncia de unos hechos criminales no es que quiera contar una historia más, narrada y contada por terceras personas, es la vivencia recibida y guardada (aun hoy) en la retina de mis ojos y el recuerdo en la memoria de un niño a punto de cumplir cinco años y que en las repetidas visitas con mi madre a la cárcel de Pamplona, a lo largo de nueve meses, tuve la ocasión de presenciar y grabar para siempre.
A mi padre Agustín Arroyo Alfaro, 30 años, casado, con dos hijos, alferez de complemento, por su condición de licenciado, contable en la droguería Ardanaz en la Calle Mayor de Pamplona, lo secuestran en su lugar de trabajo en septiembre del 36 y tras nueve meses de injusto internamiento en la prisión de Pamplona, el 9 de marzo del 37 (onomástica de mi madre) le conceden la libertad, y según distintas versiones, en la puerta exterior, están esperando siniestros “falangistas” para volver a retenerle y obligarle a montarse en una furgoneta con más reclusos y destino a un matadero a distancia y destino desconocido (Etxauri, posiblemente) nunca más supimos de él.
Mi tío José María Arroyo Alfaro, 24 años, soltero, mecánico empleado en Taller Ezcurdia y cumpliendo el servicio militar y como mecánico que era, tenía como misión la reparación de vehículos con destino al frente.
Unos días después del asesinato de su hermano Agustín, lo arrestan, sin causa y lo meten al calabozo.
A los días desaparece para siempre, sin que se responsabilicen ni den referencia alguna sobre su desaparición.
De mi padre, Agustín, se consiguió partida de defunción casi tres años después de su asesinato, de marzo del 37 a enero del 40, extendida por el juez Don Alfonso Alzugaray. Por el contrario, de mi tío José María, a día de hoy, seguimos sin que nadie nos pueda extender la partida de defunción. Según documenta el archivo general del ejército en Guadalajara, mi tío NO acudió al llamamiento a filas como consecuencia del “Glorioso alzamiento nacional”, una rebelión militar contra un Gobierno elegido por el pueblo y legalmente constituido y establecido en la República Española.
Señores, aun hoy responsables: con estos hechos les hablo de auténtica historia real, no contada por nadie, sino vivida por mí mismo y mi sufrida familia.
Los gestores de la voraz e insatisfecha derecha, nunca ha entendido, ni quieren comprender, que tras ochenta años de angustiosa y tortuosa esperanza, ya es hora de que por lo menos intentemos saber y sepamos dónde reposan, simplemente cubiertos de tierra, los cuerpos de nuestros seres queridos, y poder darles un definitivo y digno asentamiento.
Recordarles que estos hechos fueron el mayor vergonzoso e inmoral secretismo sobre un genocidio que no tiene más parangón que el posterior genocidio alemán.
Aclararles y garantizar que cuando hablo de Historia, es mi propia historia, vivida y visionada por mi infantil retina. En las visitas a mi padre en el frío y lúgubre locutorio del penal de Pamplona y ya de mayor, comprender no, saber el por qué de la ausencia de funcionarios de prisiones, sustituidos o reemplazados por elementos civiles voluntarios, que por el colorido de sus vestimentas denotaban bien a las claras su catadura o filiación política: azulinas las camisas y rojas txapelas.
Sé que no estoy diciendo nada nuevo, pues muchos de vosotros y vosotras, habéis pasado los mismos sufrimientos y penurias, pero es éste el recuerdo que quiero hacer en honor a todos los nuestros desaparecidos y en nombre de todos vosotros.
Un fuerte abrazo para vosotros y un encendido y sincero “Viva la República”.

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