En la cárcel de Burgos fueron internadas varias maestras a las que apodaban, por rebeldes, “Pasionarias”. Todas las mujeres sufrieron en la prisión, pero las educadoras más que ninguna, porque, además, cuando consiguieron la libertad resultó casi peor. No las permitieron ejercer y la represalia se mantuvo feroz. Fueron apresadas, vilipendiadas, desprovistas del título, exiliadas y, muchas, fusiladas después de múltiples castigos y dolor.

Debería tener un reconocimiento a su labor, porque durante los pocos años que pudieron ejercer su trabajo, enseñaron a los niños y niñas a convertirse en personas de provecho, pero inculcándoles valores e ideas para enfrentarse a una vida distinta a la que hasta entonces habían llevado sus padres, por lo general, analfabetos ante la falta de estudios y de una formación. Ante esta carencia de formación, las clases pudientes acabaron convirtiéndoles en meros siervos. La labor de las maestras consistió en intentar sacar de esa ignorancia y de ese servilismo a aquellas nuevas generaciones. Abrir la mente, donde empieza la liberación.

Las Pasionarias burgalesas se llamaban Sebastiana Alonso Tortajada, detenida con 22 años en Terminón mientras pasaba las vacaciones de verano. Era maestra en Pontevedra.  Fue condenada a la última pena, conmutada meses después por la cadena perpetua.

Esther Martínez Calvo, natural  de Logroño, ejercía de profesora en el pueblo burgalés de Salas de los Infantes. Su pena fue de seis años de cárcel.

Matilde Pérez García nació de Sasamón, donde también era maestra hasta que la detuvieron el 27 de julio de 1936 y fue condenada a 15 años de reclusión mayor.

Valentina María del Pilar López de Venganzones, maestra en Medina de Pomar, tenía 29 años cuando fue detenida y condenada a seis años y medio de cárcel. Estaba casada y era madre de un niño. A su marido lo fusilaron y ella, cuando fue puesta en libertad, malvivió para sacar a su hijo adelante.

Mercedes Chicote Alonso, natural de Palacios de la Sierra y educadora en Roa de Duero. Fue condenada a 30 años de reclusión mayor.

Dionisia Arroyo Alonso, nació en Villaquiran, pero era maestra en Gijón al sacar plaza para el colegio público de Jovellanos. Fue condenada a 12 años de cárcel.

Todas obtuvieron la libertad provisional pasados unos años y todas fueron inhabilitadas para siempre para poder ejercer su profesión. La mayoría tuvo que ponerse a servir para vivir.

Sus vidas se diferenciaban mucho de la vida de la verdadera Pasionaria, Dolores  Ibárruri.  Ella era una activa militante, mientras que estas mujeres no militaban ni en partidos políticos, ni en agrupaciones de mujeres antifascistas. Eso sí, eran jóvenes que creían en la libertad, odiaban las dictaduras, luchaban por la solidaridad, querían un nuevo mundo en el que desaparecieran las clases sociales y todos y todas pudiesen expresarse libremente. Un mundo en el que hubiese trabajo, un jornal suficiente para que los obreros pudiesen vivir dignamente y en el que las mujeres pudieran tener idénticas oportunidades que los hombres.

Foto: Lamarea.com

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