Como uno de los autores de “Yo fui presa de Franco” he sacado unas cuantas reflexiones. No llego a entender cómo en la provincia de Burgos, donde no existió ningún frente de guerra, con la excepción de la parte que linda con Vizcaya, pudo existir tanta represión, donde encarcelaron a más de 280 mujeres, sin contar lo que, sin duda, existió, pero que no ha quedado reflejado, como fueron los fusilamientos en diferentes localidades burgalesas.

Otra reflexión es lo que debieron de sufrir, no solo durante la detención en sus propios pueblos, donde fueron vilipendiadas, maltratadas y, en ocasiones, violadas. Todas ellas sufrieron en su dignidad al raparles el cabello al cero y hacerlas ingerir aceite de ricino, además de ser paseadas por su pueblo, entre sus propios vecinos, que se burlaban al son de la música que las acompañaban en el recorrido diario por las calles del pueblo.

El sufrimiento siguió al llegar a la prisión provincial de Burgos. Permítanme un inciso; -paradojas de la vida, hoy este centro de horror y muerte se ha convertido en un teatro-. Continuo para relatarles que en este horrendo lugar pasaron muchos días, años… en medio del horror, del miedo; con falta de salud, de higiene; entre lloros, blasfemias, voces entrecortadas, sollozos, toses. Todos estos sufrimientos los pasaron simplemente por pensar diferente, por defender a sus seres queridos o por encontrarse ese día en el lugar equivocado.

Los sufrimientos no acabaron con la obtención de la libertad condicional. Sus pesadillas continuaron durante años, algunas no pudieron volver a sus lugares y fueron desterradas a cientos de kilómetros de su lugar de residencia. Otras no tuvieron fuerzas para volver, malvivieron, trabajaron en lo que pudieron y siempre fueron vistas como “las rojas”. Término despectivo con el que se referían a las personas malas, de ideas disolventes.

Las mujeres que volvieron a sus lugares de residencia tampoco lo tuvieron fácil; se encontraron sin nada, les habían requisado por la Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada por el gobierno franquista, todas sus pertenencias: la casa, las tierras, el ganado… todo se lo quedó el Estado. Sus vidas fueron un infierno y los culpables de ello nunca pagaron sus crímenes, sino que gozaron y obtuvieron prebendas.

Pero llegará el día en el que se revisarán las condenas y se devolverá el honor y la dignidad a estas mujeres que lucharon por defender el orden institucional y la libertad.

 

Fernando Cardero Azofra

 

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