La celda número Veinte

Desde la fatídica fecha del 18 de julio de 1936, miles de mujeres de todos los rincones de España, que habían sufrido represión y pasado por las cárceles franquistas, en un momento de sus vidas habrán exclamado Yo fui presa de Franco. Seguramente habrán dado a conocer los testimonios vividos.  María, de no haber sido fusilada, habría gritado “Yo estuve presa en la celda número veinte en los sótanos de Gobernación en la Puerta del Sol”.

Éste es el relato de una muchacha detenida por las tropas franquistas en la capital de España. No eran distintas las cárceles de mujeres de las de los hombres, pero sí lo era la celda 20 del Ministerio de Gobernación de la Puerta del Sol, donde fue llevada María. De su estancia, solo malos recuerdos, con una sola excepción; nunca pudo olvidar unos versos, borrosos, deslucidos, escritos sobre la mugrienta pared de aquella maldita mazmorra,  en la que sufrió todo tipo de vejaciones y castigos. Sin duda fueron escritos por alguien que, como ella, sufrió los mismos castigos y que los carceleros no cayeron en la cuenta de borrarlos.

Número veinte

Tú me quitas la tristeza

Número veinte

Tú me das fortaleza

Nunca te podre olvidar

Pues en ella encierra

Tantas emociones

Que nunca se olvidaran

Desde esta celda sin luz

Este es el poema

Que os ha dedicado

Un camarada andaluz

María del Rey era una mujer joven, decidida, alta, rubia, guapa. Nació en Madrid y era socialista. Fue detenida nada más acabar la guerra. Los verdugos buscaban que delatara a los compañeros socialistas que quedaban escondidos en la capital. No lo consiguieron, nada obtuvieron a pesar de lo duro que resulto su estancia en la celda veinte.

En Gobernación era difícil conseguir vivir, las palizas eran inhumanas, no había sitio material para tantos detenidos. Les sacaban al retrete con los guardias. La comida era desastrosa; un caldo por la mañana y un pedazo de pan y unas rodajas de tomate para comer. A eso de las dos o tres de la mañana, subían los detenidos al sitio de los interrogatorios y, si no hablaban, les zumbaban hasta perder el conocimiento. Después los bajaban a la celda y los depositaban en el duro cemento como si fueran un fardo, sin ninguna asistencia médica. Se sufría más que por lo tuyo, por los gritos, vómitos y quejidos que se oían.

Tras varios meses en la celda veinte, a María la juzgaron en consejo de guerra y a condenaron a muerte, acusada de un delito de traición. No volvió a la celda número veinte, porque la trasladaron a la cárcel de las Ventas y la colocaron en la galería de las condenadas a muerte.

Una noche la despertó la luz roja de una linterna sobre su cara y una voz ronca la conmino a vestirse. María sabía lo que aquello suponía, pero reaccionó magníficamente; mantuvo su valor y una serenidad asombrosa y, con su actitud, sostuvo el ánimo de sus compañeras de ejecución en el trayecto tan breve y, tan largo a la vez, que hicieron juntas hasta el patíbulo.

Mercedes (Y III)

La cárcel de Málaga, entonces Prisión Central de Mujeres, era un edifico viejo y destartalado, que había sido en tiempo corral de caballos. Salvo un patio central donde se hacía la vida, las brigadas eran recintos oscuros y lúgubres donde a cada presa le correspondía poco más de dos ladrillos de anchura, aproximadamente 50 centímetros; ahí dormían, ni que decir los problemas que surgían cada noche al hacer las camas, discusiones inevitables, protestas, insultos a los que, finalmente, se acostumbraban.

En la prisión convivían mujeres políticas, presas comunes y muchas reclusas jóvenes con sus hijos, a quienes el director, como gracia especial, permitía que permanecieran en la prisión hasta cumplir los siete años. Como medida especial disfrutaban de unos malos camastros. Daba pena verlos; desnutridos, depauperados. La alimentación en la cárcel, a pesar de que sus madres se quitaban lo poco que nos daban para dárselo a ellos, siempre era insuficiente. La falta de vitaminas y el sol malagueño hacía que su piel estuviera tostada y ajada. A todos estos males se unía que la mayoría eran huérfanos o sus padres se hallaban encarcelados.

Mercedes, junto con sus compañeras presas políticas, muy pronto empezaron a organizarse y a reunirse, constituyendo grupos de defensa, de estudio y de solidaridad. Durante los dos años que permanecieron en Málaga pusieron en marcha, entre otras actividades, un grupo de cultura que ayudó a muchas presas a aprender a leer y a escribir.

El director se dio cuenta de que con su presencia la cárcel se estaba convirtiendo en algo no deseado y quiso quitarse el problema. En la primera ocasión que pudo, las envió a la prisión de Segovia.

Y así terminaba un periplo para Mercedes que pasó durante 18 años recluida en seis cárceles distintas;  Ventas, Alcázar de San Juan, Linares, Córdoba, Málaga y Segovia. Prisiones distintas, pero iguales; con condiciones de vida lamentables y en las que las presas sobrevivían gracias a la solidaridad de unas con otras. En las que vieron como muchas morían enfermas o de hambre o de frío; y otras eran ejecutadas en aquellas terribles noches. Mercedes lo ha podido contar para vergüenza de ese régimen que provocó tanto sufrimiento a España y a los y a las españolas simplemente por pensar diferente.

FOTO: Briega.org

Mercedes (II)

A los tres o cuatro días, se hicieron dos expediciones de reclusas; unas con destino a Málaga y otras dos a la cárcel de mujeres de Amorebieta, con un total de 14 reclusas en cada expedición. Fue una medida represiva y Mercedes fue una de las expedicionarias que la sufrió. Salir trasladada en esos tiempos resultaba una penosa peregrinación, dadas las circunstancias que acompañaban el viaje. Además se perdían las relaciones con los familiares, amigos y también la relación de compañerismo y solidaridad existente entre las presas. Asimismo, se perdía algo muy importante como era la llegada de alimentos, indispensables para la subsistencia.

Hasta llegar a Málaga, Mercedes estuvo en las cárceles de Alcázar de San Juan, Linares y Córdoba. En la cárcel de Alcázar de San Juan en el año 1946 empieza su calvario. Esta prisión era un hervidero de reclusas hacinadas, de todas las clases sociales, lo mismo había una que había robado un melón que una prostituta. El olor era pestilente, sin ningún tipo de higiene, las necesidades se tenían que efectuar en un cubo que nadie limpiaba, se dormía en el suelo, soportando un frío y un olor espantoso. Fueron dos días espantosos para Mercedes y sus compañeras reclusas.

El viaje continuó a Linares; después de un día de camino en un tren, llegaron a la estación y a pie, en medio de la expectación de la gente, recorrieron varias calles hasta llegar a la prisión, produciendo las mismas reacciones en la gente que les miraba sin saber bien cómo catalogarlas. La cárcel de Linares reunía mejores condiciones que la de Alcázar. Las reclusas en su mayoría eran presas comunes, jóvenes, huérfanas de guerra o bien tenían a sus familiares en prisión o fusilados. Les  acogieron muy bien y sintieron tener que marcharse.

De Linares a Córdoba, ya cansadas de tanto viaje y para remate tuvieron que caminar varios kilómetros desde la estación a la Cárcel Nueva, apremiadas por los guardianes que, sin duda, querían regresar a sus casas lo antes posible, sin importarles en absoluto si podían o no seguir el paso que les querían imponer. Al fin llegaron y las llevaron la sala de ingresos, conocida como el lazareto. La cárcel era nueva y disponía de ciertas comodidades que no existían en Ventas. Pudieron dormir en cama con colchón después de tres años de hacerlo sobre un áspero y duro petate. En esta cárcel, pese a tantas amarguras, tantas injusticias, tanta falta de humanidad como existía por parte de los vencedores, fue donde sintieron una verdadera camaradería con las reclusas. Repartieron con ellas lo que tenían, su comida, su simpatía, sus recuerdos, no oyeron una queja, a pesar de que lo que contaban producía escalofríos.Una de ellas había presenciado con sus propios ojos como los falangistas fusilaban a su marido y a sus hijos.

Los días transcurridos en Córdoba, hasta la marcha a la prisión de Málaga, fueron los que mejor recuerdo guarda Mercedes de los dieciocho años de cautiverio. Pero todo toca a su fin y a los tres días les llevaron de nuevo al lazareto y, acompañadas de cuatro guardias civiles armados hasta los dientes, atravesaron la ciudad por las mismas calles y con las mismas sensaciones. Les montaron en un tren y siguieron el viaje hasta Málaga nuestro último destino.

FOTO de cárcel de mujeres de Córdoba: Arcangelbedmar.com

Mercedes (I)

En los próximos capítulos del blog hablaremos de Mercedes; una mujer republicana y comunista, que permaneció durante 18 años cautiva en las cárceles franquistas. Mercedes lo pudo contar; para otras muchas el camino recorrido fue más corto. En tapias del cementerio, cunetas de los caminos o parajes desconocidos fueron asesinadas por los falangistas.

Mercedes tenía 18 años cuando comenzó la Guerra Civil. Participó en la defensa de Madrid y al gobierno del Frente Popular. Al hacerse con el mando de la capital la Junta de Casado, fue detenida y encarcelada en la prisión de Las Ventas. Con la entrada en Madrid de las tropas franquistas fue puesta en libertad, aunque por poco tiempo. A los tres días las fuerzas franquistas la detuvieron otra vez. Después de sufrir un trato vejatorio, fue puesta en libertad con la obligación de presentarse cada día en comisaria, Mercedes no cumplió esta orden y se marchó primero a Bilbao y luego a La Coruña. En la capital gallega la detuvieron, acusándola de organizar el Partido Comunista. Tras el juicio la condenaron a pena de muerte, que meses después fue conmutada por 30 años de reclusión mayor.

Mercedes fue trasladada a la prisiónde Las Ventas. Allí se encuentra con una maravillosa organización del Partido, a través del desarrollo de actividades como la formación de grupos de cultura y cursillos políticos que impartían mujeres intelectuales que estaban cumpliendo condenas. Todas estas tareas eran coordinadas con el trabajo de pequeñas labores que se vendían y ayudaban a la subsistencia en la prisión y al fortalecimiento del espíritu revolucionario.

Durante la estancia en Las Ventas, Mercedes fue testigo directo de dos hechos importantes. Una noche se fugaron de la prisión dos mujeres condenadas a muerte, gracias a la colaboración de una funcionaria que les abrió la puerta. También el comportamiento solidario de las presas, que retardaron el recuento, con lo que dio tiempo suficiente para que las dos pudieran huir. Cualquier motivo en los años 40 a los 50, justificaba la imposición de sanciones y castigos que iban desde suprimir la comunicación, los paquetes y el propio correo, hasta meterte en celdas de castigo totalmente incomunicada, aunque nunca falto el sentido de solidaridad y el compañerismo, mucho más acentuado en momentos graves y trascendentales.

El otro hecho que hizo referencia Mercedes, fue la primera huelga de hambre que tuvo lugar en Las Ventas en enero de 1946, en protesta y solidaridad por la incomunicación de una reclusa que se negó a tomar la comida, es decir, un cazo de agua sucia caliente. Al conocer el castigo, el resto de las reclusas, incluidas las presas comunes, se declararon en huelga de hambre. Se comunicó a la Dirección de la cárcel que volverían a comer cuando se hubieran subsanado los motivos que condujeron al castigo de la reclusa. Después de seis días de huelga, la dirección aceptó las propuestas y se levantó el castigo, aunque no se aplicaron sanciones por mantener esta actitud. La Dirección puso una nota grave en los expedientes de las presas políticas. La huelga tuvo resultados fructíferos, que hizo que la dirección respetase un poco a las presas políticas y marcó un hito en la historia de las cárceles franquistas, abarrotadas de presas en todos los confines de la geografía española. Aunque lo conseguido no fue mucho, al menos, en las ocasiones en las que el rancho – escaso y de mala calidad- no estaba en las debidas condiciones, era el propio director quien pedía disculpas. Con seguridad que no resultaba de su agrado, pero la orden, sin duda, vendría de alguien superior para evitar que en el extranjero se supiera la calamitosa situación en que se encontraba la población reclusa.

Pero las consecuencias de la huelga y la huida de las dos reclusas pronto se dejaron sentir.

La cárcel de las Ventas

El régimen franquista habilitó en las ciudades españolas un número imposible de conocer de cárceles y lugares de internamiento de prisioneros y de personas que el régimen consideraba no adictas a sus ideas fascistas. De estos establecimientos penitenciarios se tienen referencia en todas las ciudades, en algunas no distinguieron entre hombres y mujeres, eso sí, existió una lógica separación. Eran tantas las detenciones que no tuvieron más remedio que habilitar cárceles donde recluir únicamente a mujeres. Así en Madrid podemos citar las cárceles de Ventas, Quiñones, Claudio Coello, Prisión maternal de San Isidro y Prisión Central de niños lactantes de Ventas.

La prisión de Ventas fue inaugurada por la ministra Victoria Kent en 1933. Estaba considerada en su época como una cárcel modelo de mujeres. Se encontraba situada en la calle Marqués de Mondéjar nº 16-18.  Según testimonios, Ventas era un edificio nuevo construido con ladrillos rojos y paredes encaladas. Constaba de seis galerías de 25 celdas individuales, con ventanas amplías. En cada galería existía un amplio departamento destinado a lavabos, duchas y váteres. También disponía de talleres, escuela, almacenes en los sótanos, dos enfermerías y un salón de actos que más tarde se convertiría en capilla. En cada celda se disponía de una cama, un armario, una mesa y una silla. Pero, en 1939 todas las salas se transformaron en un gigantesco almacén, almacén de mujeres. Cada celda la ocupaban entre 11 y 12 reclusas, no había nada, solo colchones o jergones.

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En la guerra pierden todos (y III)

En la guerra pierden todos, aunque unos más que otros. Lean esta triste historia que, por desgracia, ocurrió en Burgos en el año 1936

En marzo de 2006 recibí una carta de mi amigo y compañero de corporación, Pedro Díez Labín (1930-2008). En ella me decía: “me parece muy plausible tu intento de que no se pierdan en el olvido tantas personas que, por luchar por la igualdad y la libertad de todos, fueron víctimas de la barbarie fascista. Mi abuelo Luis Labín Besuita fue una de esas víctimas. Pero también mi padre, dos hermanos de mi padre y dos hermanos de mi madre fueron fusilados por el terrible delito de ser socialistas”.

Las familias Labín y Díez sufrieron lo indecible por la Guerra Civil. Todos los miembros varones de ambas familias –habían emparentado por matrimonio dos hijos Díez con dos hijas Labín- fueron asesinados. Quedaron las mujeres viudas con seis hijos a su cargo. Las muertes injustas dieron paso a las penurias de los descendientes que fueron encarcelados, exiliados,  deshonrados durante los largos y crueles años de posguerra.

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En la guerra pierden todos (II)

Otro de los episodios crueles que produjo la Guerra Civil está relacionado con una familia del bando perdedor, la familia Martínez Palacios. Circunstancias de la vida hicieron que mis padres tuvieran que cambiar de domicilio y del barrio de San Pedro Cardeña  nos fuéramos a vivir al barrio de Los Vadillos. En esos tiempos los chicos hacíamos la vida prácticamente en la calle, apenas existían coches y disponíamos de espacio suficiente para jugar. La causalidad o el destino me llevó a trabar una buena amistad con Julito, un año mayor que yo, pero en esos tiempos apenas existía diferencia en cuanto a estatura, corpulencia; éramos muy parecidos.

En esta relación de chavales me llamó la atención que Julito sí subía a mi casa, pero yo nunca entraba en la suya. Cuando iba a buscarle, salía su madre, una mujer que me parecía mayor, con el pelo blanco, vestida de negro, calzando zapatillas del mismo color y que apenas me dirigía la palabra. Nunca me invitaba a pasar, esperaba pacientemente en la puerta a que saliera Julito. A esta mujer en las tiendas, en las conversaciones del barrio, siempre le llamaban doña Mercedes. Me extrañaba tal tratamiento porque a mi madre, por cierto del mismo nombre, nunca le otorgaban este tratamiento.

También me llamaba la atención que Julito nunca nombrara a su padre. Pregunté a mis padres si sabían algo de la familia de mi amigo, solo obtuve silencio y evasivas a mis preguntas infantiles. Nos hicimos mayores, yo salí a estudiar y Julito se puso a trabajar de dependiente en una droguería de la Plaza Mayor en Burgos. En su casa necesitaban el dinero. Nos distanciamos, pero seguimos manteniendo una buena amistad. Cuando venía de vacaciones me pasaba a charlar un rato con él. Uno de esos días me invitó a su casa, me extrañé, nunca hasta ese momento lo había hecho. Me pasó a un cuarto, con escasa luz, con las persianas entornadas, observe en un lado de la habitación un piano reluciente, una mesa de escritorio donde se podía ver una pluma estilográfica y una pipa de marfil, un armario con las puertas de cristal. Julito abrió el armario y sacó una de carpeta de cartón, desató cuidadosamente los lazos que la cerraban y me dijo. “Este era el despacho de mi tío Antonio José, un músico de fama mundial, director del Orfeón Burgalés; un artista y compositor muy querido y apreciado por todo el mundo. En esas carpetas se encuentra su obra musical”.

Aún recuerdo su olor a papel antiguo y las notas musicales sobre el papel y que no entendía. Aquel cuarto me impactó, algo sublime flotaba en el ambiente, todo estaba limpio, inmaculado, parecía que nadie había entrado en este aposento en años. Entonces le pregunté sobre dónde se encontraba tu tío, e, instintivamente, le pregunté también por su padre. Julito me miró incrédulo, “¿de verdad que no lo sabes? Están muertos, fueron fusilados en el año 1936”, me respondió.

Ahora entendía los silencios y las evasivas de mis padres, nadie en esa época se atrevía hablar de lo sucedido a un buen número de personas, en un principio fueron encarceladas y, posteriormente, sin ningún juicio, las asesinaron vilmente.

No me resigne con las palabras de Julito y decidí investigar por mi cuenta lo que les había sucedido a su padre y a su tío. Antonio José fue detenido en su propio domicilio por falangistas el 6 de agosto, por orden del gobernador civil, el general Dávila. Estuvo detenido durante 40 días en el penal. Durante este tiempo escribió varias cartas a su amiga Consuelo Mediavilla; en las mismas se quejaba de que nadie le diese una respuesta de porque lo habían detenido. Unos días antes de ser fusilado recibió una carta anónima firmada bajo el seudónimo Un Legionario de España. Entre líneas se podía leer una velada amenaza “porque la verdad, después de haber perdido España, a Benavente, los Quintero, Muñoz Seca, Ricardo Zamora y Gómez Ulla, hombres de fama mundial en sus especialidades respectivas, un musiquillo más o menos no importa mucho a un nuevo país que está forjando, sobre todo cuanto Ud. es de las tenebrosas y canallescas filas judío –marxista” .

Era más que una amenaza, era el preámbulo de una muerte anunciada. Ante esta misiva, varias personas amigas de Antonio José, de reconocida vinculación con la derecha conservadora, intercedieron ante el jefe local de Falange y alcalde de Burgos, Martínez Mata; y ante el general Dávila, que había cesado del cargo de gobernador y ostentaba el mando del ejército del norte y miembro de la Junta de Defensa Nacional. Sin embargo, no quisieron interceder en su favor. El  6 de octubre, junto con otros burgaleses, fue fusilado y enterrado en una fosa común en el monte de Estepar (Burgos).

Julio Martínez Palacios, padre de Julito, era maestro nacional destinado en el pueblo burgalés de Pradoluengo. Es detenido un día después, el 7 de agosto. Un grupo de falangistas se personaron en el Diario de Burgos, donde Julio se encontraba, ya que colaboraba, en los periodos veraniegos, escribiendo artículos. Lo trasladaron al penal por orden del gobernador civil. El 12 de octubre, junto con otros 24 reclusos, acabaron con sus vidas, fusilados en algún paraje desconocido y enterrados en una fosa común.

En las famosas y tristes sacas perecieron miles de personas. Así se cumplían las instrucciones del general Mola a un grupo de alcaldes con los que se había reunido en Pamplona el 19 de julio. “Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación. Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”.

Foto: LasMerindadesEnLaMemoria

En la guerra pierden todos (I)

El tiempo tardará en olvidar la transcendencia que existió entre los contendientes de la Guerra Civil. Algunos estudiosos fechan en 100 años el tiempo que transcurrirá para olvidar lo que sucedió. Han desaparecido los protagonistas, pero siempre existirá un nieto, un hijo, un familiar, un estudioso que recordará algún suceso de los muchos que  tuvieron lugar durante los tres años que duró la contienda y los más de 20 de represión dura y contumaz propiciada por el régimen franquista. En esta clase de guerras la violencia fuera de los frentes, en muchas ocasiones se debió a venganzas, envidias y rencores. Los episodios que relato serán despiadados. Recordar para no repetir, en eso consiste lo que hemos llamado memoria histórica.

Los relatos de este comentario se refieren a familias que sufrieron en sus carnes lo despiadado de una contienda civil, no solamente lo sufrieron en el bando perdedor, también en el ganador, y, en ocasiones, familias que nada tuvieron que ver en la contienda.

El día que cumplí 12 años se presentó en casa el señor Heliodoro, lo normal era que nosotros fuéramos a la suya. Era todo un personaje, propietario de la fábrica de galletas conocida como Galletas Arconada. Me sorprendió que me regalara un cinturón de cuero con una enorme hebilla con el yugo y las flechas grabadas. Me lo entrego y me dijo, este es el cinturón que mi hijo llevaba el día que lo mataron y quisiera que tú, como su ahijado lo guardes. Entonces ni siquiera conocía que el señor Heliodoro tuviera un hijo y además fuera mi padrino de bautismo, nunca nadie me lo había dicho. Pregunté a mis padres y me contaron la historia. Don Heliodoro tenía un único hijo en quien tenía depositadas sus esperanzas para que continuara con el negocio; quería que estudiara comercio. Sorprendentemente el 19 de julio de 1936 le dijo a su padre que se había enrolado en una sección de Falange y se marchaba al día siguiente a combatir al enemigo de la religión y de los principios seculares al frente de Somosierra. Aquella decisión fue un mazazo para la familia que no entendía como un muchacho de 17 años podía dejar a su familia, rechazar su vida e irse a combatir. Nunca tuvieron noticias de que estuviera adoctrinado hasta ese punto.

Todo sucedió muy rápido, a los tres días de su partida, una persona fue a la fábrica y le comunicó que su hijo había muerto como un héroe. Don Heliodoro nunca entendió que perteneciera a Falange, fuese adoctrinado de tal manera y participase en una guerra que no comprendía. Nunca se recuperó de la pérdida de su único hijo.

FOTO: lagraneepoca.com

Cuando matan a tu padre y te cambia la vida

La semana pasada tuve una visita inesperada, me vino a ver una mujer, cuando llegó, la miré tras los cristales del lugar donde habíamos quedado y comprobé que no la conocía de nada, pero ella insistió en hablar conmigo y se presentó como “Chelo”, una mujer mirandesa, curtida en años pero con un aspecto verdaderamente saludable y juvenil.

Al llegar a la sala donde la recibí, nada más verme me saludó con un emotivo abrazo y vi que sus ojos se empañaban al decir mi nombre; acudía a la charla con un ejemplar del libro ” Yo Fui Presa de Franco” y me contó su historia, la cual me dejó impactado y no he podido reprimir el impulso de escribir, contando, claro está, con su permiso, este artículo para el blog.

Consuelo Gobantes Plágaro, “Chelo”,  tiene en la actualidad 93 años y es la mayor de los cinco hijos que tuvo el matrimonio Benito Gobantes Gómez y Andresa Plágaro Escalona.

Benito se encontraba detenido en la cárcel de Miranda por un delito común el 18 de julio de 1936, fue sacado de la prisión ese mismo día y acudió a su casa para reencontrarse con su familia; al día siguiente su mujer le dijo que las Fuerzas del Orden estaban deteniendo a los Concejales, sindicalistas y personas afines a la República por lo que debería tener cuidado ya que había estado en la cárcel; él sin embargo la respondió que nada tenía que temer ya que no estaba metido en política y por lo tanto estaba a salvo de estas detenciones; inocentemente le comentó a su mujer que si preguntaban por él estaba en el barrio de Los Corrales.

Lamentablemente los hechos sucedieron de un modo completamente distinto, Benito fue detenido, trasladado a la cárcel de Burgos, juzgado y condenado a muerte junto a 41 ciudadanos mirandeses.

Chelo me entregó el certificado emitido por Calixto López Río, capellán del cementerio municipal San José de Burgos, donde figura la relación de los 42 nombres que fueron inhumados en la llamada “Fosa Común” del citado cementerio. Además me cedió el certificado de defunción de su padre, donde se cita literalmente que tenía 37 años, era natural de Anguciana (Logroño), hijo de Víctor y Nicanora, domiciliado en Miranda de Ebro, profesión jornalero y de estado casado, ignorándose el nombre y demás circunstancias de su mujer, así como si ha tenido sucesión. Falleció en despoblado el 18 de septiembre de 1936 a las seis y minutos, a consecuencia de heridas por arma de fuego.

Al finalizar esta narración quise conocer un poco más de Chelo y su familia y la pregunté si quería contarme como fue su vida trás el fatal desenlace.

Ella me respondió que tenía 13 años cuando asesinaron a su padre y su hermana más pequeña, 8. Su madre, Andresa, además de tener que soportar el fusilamiento de su marido, se encontró en la calle con sus cinco hijos ya que la embargaron su casa, aunque pudieron sacar los muebles y tuvieron que malvivir durante años en una antigua cuadra que les dejaron, hasta que pudieron alquilar una buhardilla por 25 pesetas al mes.

Chelo tuvo que dejar muy pronto de estudiar, ya que las necesidades familiares acuciaban. Trabajó de niñera en una vivienda de Miranda, a cambio de 15 pesetas al mes, una onza de chocolate y un trozo de pan, de ahí paso a ser niñera en otra casa de Miranda por un salario de 25 pesetas al mes.

Su madre fue una mujer muy conocida en Miranda por su fama de trabajadora, estuvo tiempo lavando 80 mudas de soldados todas las semanas a cambio de que estos le suministrasen comida para sus hijos. También fue colchonera en Miranda y trabajó en todo aquello que le permitiese dar de comer a sus hijos.

Éste es el relato que Chelo me contó en la conversación que mantuvimos, le firmé el libro y nos despedimos con un abrazo sincero.

Nunca se podrá resarcir a esta familia del dolor por la pérdida de un marido y padre, nunca se les podrá resarcir del hecho de quitarles su vivienda, de obligarles a trabajar para sobrevivir, de impedirles estudiar, de estar durante 40 años señalados por el Régimen que acabó con las libertades de este País.

Animamos a todos aquellos y aquellas que tengan historias similares a la de Chelo a contar sus vivencias personales para que de esta manera no se pierdan en el olvido y sirvan para que no se vuelvan a repetir hechos tan funestos para la historia de este país.

 

FOTO: Burgos1936.com

Matilde Landa, una “abogada” en las cárceles franquistas

El artículo que abre el blog “Yo fui presa de Franco”, tras un cierto parón veraniego, está dedicado a Matilde Landa, una de las mujeres que lucharon por mantener la dignidad -suya y de sus compañeras- en las cárceles franquistas.

Matilde era una mujer inteligente, fue condenada a muerte, el fiscal no solicitaba esta pena por haber matado, sino que era una acusación política por su participación en la organización Socorro Rojo. Matilde fue una de las figuras más importante que pasaron por las cárceles franquistas. Era licenciada e hija de un abogado y, al poco de entrar en prisión, se le ocurrió la idea de instalar una oficina para ayudar a las presas condenadas a muerte, ya que muchas, al ser analfabetas, desconocían el modo de defenderse o buscar avales.  El director accedió a que dispusiera de una celda a modo de oficina y le proporcionó una máquina de escribir. Cada vez que llegaba una condenada a muerte, Matilde hablaba con ella, le explicaba el caso, las razones por las que le habían condenado o cuáles eran las acusaciones. De esta manera, las mujeres e sentían apoyadas por alguien que entendía y las defendía; la adoraban. Era un trabajo apasionante que duró poco. Al comprobar el éxito de la oficina, Matilde fue trasladada a Palma de Mallorca.

Sin conocer bien las causas fue considerada una enemigo terrible, la trasladaron en avión a Palma. Nunca se había procedido de esta forma con reclusa alguna. Una vez en Mallorca intentaron un acercamiento, tenerla como a un igual, pero manteniendo las distancias. Matilde aceptó el juego, pero ese juego entre una reclusa y el régimen resultaba muy peligroso. Con los fascistas no existía término medio; o te ponías enfrente o a su lado. Matilde no quería ninguna de estas dos opciones, quería estar de igual a igual, pero no surtió el efecto que Matilde esperaba y terminó por morir en la cárcel.

Existe otra versión en la que se cuenta que mantuvo una estrecha relación con la presidenta de Acción Católica de Mallorca. Se hicieron amigas y ésta última intermedió para que dejaran hacer a Matilde en sus pretensiones, ya que le había tomado cariño.

A cambio, le propuso a Matilde que se bautizara, no lo estaba. El día anterior a que se produjera este acto, Matilde se tiró por la ventana. Esa es la versión que dijeron los fascistas, que se había tirado, pero nadie lo vio. Por tanto, cabe la posibilidad de que la hubiesen podido tirar. Nadie pudo asegurarlo, se trataba de una mujer equilibrada y era difícil que se trastornara, pero, en el último momento, quizás, prefirió la muerte a renunciar a sus principios por los que había luchado y estaba luchando durante toda su vida.